Ulaanbaatar, Mongolia.


El día parte con una llamada de Álvaro a primera hora… “¡Tu voluntariado comienza ahora, tenemos que llevar a unas niñas al hospital y tienes que…!”. Le digo que tengo que hacer unos trámites, entre ellos comprar el ticket de avión a Bayan-Olgii para el día sábado 26, un día después de la eventual inauguración del Centro de Día y claro, como en Mongolia nada funciona la ceremonia fue pateada para el lunes y lamenté profundamente perderme esa oportunidad. Bueno, los dados estaban tirados y comencé raudo a tachar de mi checklist  todos los trámites que tenía que hacer ese día, en sólo una mañana y, entre pasar al banco, regatear el valor de mi pensión, ya que nunca vi ni desayuno, ni papel confort y sobre todo en lo último, era lo que me sacaba más chuchadas cada vez que me sentaba a hacer el trámite y me percataba que el pálido elemento no estaba, la escena era graciosa porque mientras estaba en pleno, aprovechaba de seguir las noticias en Chile por el móvil y se estaba recién destapando otra escandalosa colusión, la del papel palpo. Osea, no les basta seguir estirando el chicle capitalista que heredamos de la dictadura, no les basta con meternos el pico en el ojo constantemente en las pensiones, la salud, la educación, si no que ahora, hasta limpiarnos la raja es un lujo. Me indigna y avergüenza la codicia mercantil y el poder que detentan ya no sólo las clases aventajadas, si no que se ha convertido en la bandera de lucha de todos los meritocráticos new rich chilensis, esos que se cagan en todos, literalmente, para anhelar un departamentito sobre la cota mil. “Es que el mercado se regula solo” ¡mis pelotas!, la mayoría de los empresarios de mi país son tan miserables que incluso buscan los resquicios en el mismo capitalismo que les ha llenado los bolsillos, para continuar poniendo infranqueables barreras de entrada a nuevos competidores y seguir robando a manos llenas; la colusión, pecado capital del capitalismo, me revienta las bolas. Mis quejas -tristemente- no hicieron aparecer por arte de magia un rollo de papel higiénico, que por estos lares parece lija, así que no me quedó más remedio que el agüita del lavamanos que convenientemente estaba muy cerca del water.

[Logré mi ansiado descuento en la pensión, pude comprar el ticket a Bayan-Olgii “sin problemas” y queda conocer el Naran Tuul, el mercado negro de UlaanBaatar]

A paso veloz y ojeando mi mapa de vez en cuando me lanzo a la búsqueda de este ícono del comercio mongol, el recorrido lo hago por estrechas y sucias calles ante la mirada circunspecta de la gente que va rumbo a sus trabajos o a dejar a los peques a la escuela, al parecer no es común recorrer casi una hora desde el centro a un mercado que tiene mala fama en sus alrededores; los asaltos, cogoteos y lanzazos son comunes en una ciudad con altas tazas de desempleo y que ve en los alrededores del Naran Tuul la forma más cómoda de ganarse unos pesos con los despreocupados turistas. El mercado negro de Ulaanbaatar, que de negro no tiene nada, es el símil de nuestro amado Persa Bío-Bío, es idéntico. Galpones llenos de alfombras, ropa, tela y cachureos me sacan en el recorrido más de un suspiro, un hálito santiaguino que se esfuma cuando un mongol anciano te para en seco y con un gesto me dice que me tengo que afeitar, no sé si por envidia o porque parezco un vago -me inclino por lo último-; el vello facial es escaso entre los machos mongoles. Del Naran Tuul puedes salir con un ger completamente equipado y es acá donde se realizan los trámites para exportar la casa tradicional del mongol a todas partes del mundo a un precio que no supera los $1.600 USD -quiero uno para mi futura parcela- más los gastos de envío -ya no quiero uno para mi parcela-.

El punto de encuentro acordado con Álvaro y los muchachos de “La Otra Mirada” fue el frontis de la embajada de Rusia, un edificio completamente gris y rodeado de alambres de púa, el edificio de la amistad, le llamé. Luego de esquivar a un par de borrachos odiosos, que junto a las pandillas neonazis -si, hay neonazis en Mongolia, con svástica en sus autos y todo- y los carteristas, son los peligros más comunes de la ciudad. Al cabo de un rato y tras conceder un montón de selfies a los enanos que salían de la escuela, me encuentro con Álvaro y el resto del equipo. Con el ya tradicional estado de estrés y alarma permanente nos dirigimos raudos a un hospital privado para conocer el estado de dos niñas de Nalaikh, Nandia y Otgo, dos enanas que cambiaron completamente el propósito de mi viaje y por qué no decirlo, también mi propia vida.

La historia es la siguiente: éstas pequeñas sufren una enfermedad llamada “osteogénesis imperfecta” o más conocido como la afección de los “niños de cristal”, básicamente es un mal que ataca los huesos y no permite que éstos se desarrollen adecuadamente conforme a la edad de las niñas; es más, a medida que las pequeñas crecen, lo hacen también sus órganos que no encuentran el espacio apropiado y protegido entre la masa ósea, generando un sufrimiento terrible a las peques porque sus huesos simplemente se rehúsan a fortalecerse y se rompen por cualquier cosa, como un cristal. Cada vez que Otgo o Nandia sufren un golpe o caída, sus huesos se fracturan en múltiples partes impidiendo a ellas realizar una vida normal, son además rechazadas de un decadente sistema escolar que no es capaz de dar cobijo a niños discapacitados por no tener personal o instrumental calificado para tal tarea. Pero lo que más me hizo mierda el alma no fue la infame enfermedad. Me impactó que acá en su país no son capaces de dar solución a un tema que en casi todo el mundo está recontra investigado. La puta burocracia y el tercermundismo mongol impiden una respuesta eficiente a las necesidades de las niñas cuya esperanza de vida es de apenas unos pocos años. Intuyendo la burocracia y la idiosincrasia de los mongoles, “La Otra Mirada” solicitó a Europa los remedios para tratar el problema de la osteogénesis y éstos fueron entregados de forma gratuita hace unos cinco meses atrás por el Laboratorio que los produce, con el único compromiso que debían pasar por todas las instancias legales previas en el instituto médico mongol antes de ser utilizado en los pacientes; lo anterior, como forma para ver la solidez de la institucionalidad mongola que permitiera al Laboratorio considerar a Mongolia para crear un sistema de cooperación que permitiera seguir desarrollando medicamentos para controlar este tipo de afecciones a un bajo costo. No conforme con lo anterior, Álvaro generó el contacto con el médico que más casos de osteogenesis ha tratado en el mundo y lo dejó como contacto directo con sus pares mongoles. Tristemente los medicamentos jamás cruzaron el umbral de la consulta del médico en Ulaanbaatar.

Hace cinco años atrás las niñas apenas podían arrastrarse por el insalubre suelo de Nalaikh, hoy apadrinadas por Álvaro, adquirieron nuevos hábitos alimenticios que mejoraron su desarrollo y que incluso, les permitió ser aceptadas en la escuela local y mientras la esperanza de un mejor futuro florecía para mis niñas, los putos médicos jamás mandaron los medicamentos a superar los testeos y trabas legales: “es que tiene muchas contraindicaciones” , “es que necesitamos una segunda opinión de un médico especializado” decían. Las niñas sólo necesitan tres dosis por espacio de un año para aumentar su esperanza en cuatro o cinco veces más que la condena actual, que no alcanzaba a los cinco. Descubrimos que desde que llegaron los medicamentos no movieron un dedo por un par de niñas humildes salidas del mierdero mongol, perdieron los papeles en dos oportunidades y justo en el día de la dosis a las peques, salen con el miedo de las contraindicaciones del fármaco y que además no pudieron contactar al médico gringo, CINCO MESES WEÓN!!. Así es Mongolia, se le dio en bandeja de plata una gran oportunidad médica y no fueron capaces de capitalizar o siquiera considerar la notable ayuda que esta representaba para ayudar a la gran cantidad de niños que padecen “huesos de cristal”. Habiendo estudios, evidencia empírica contundente, éstos “profesionales” de la salud -que probablemente sólo tengan competencias para diagnosticar enfermedades de animales-, no sólo no se dieron el tiempo para hacer todas las consultas pertinentes, si no que trataron el problema de las nenas como osteoporosis!. Salimos calientes del hospital, puteando a los médicos, puteando al sistema, puteando a las circunstancias y sobre todo la negligencia de éstos putos weones que sentencian a las peques por mera inoperancia; y de la rabia pasé a la tristeza más desconsolada ya que al fondo del pasillo veo a dos niñitas con fluorescentes buzos, como de trapecistas de circo, tomadas de la mano y caminando con dificultad, pero con su carita llena de felicidad. El mundo se me fue a la mierda cuando finalmente conocí a Otgo y Nandia, a sus cortos años parecen estar súper conscientes de que lo único que tienen en la vida son ellas mismas y se protegen, compartiendo juntas las dificultades de su propia historia. Es como si estuviesen destinadas a crecer de sopetón, a convertirse en mujeres siendo apenas unas niñas y que en su corta vida ya cargan a cuestas una mochila llena de miseria, hijas de una madre que el patrimonial y desesperanzador alcohol les arrebató muy joven y de un padre igualmente alcohólico y flojo, que ocupa a las niñas -y a sus hermanas sanas- como pretexto para no levantarse a conseguir empleo y lo que este imbécil no entiende, es que las niñas se cuidan solas y son las hermanas las que hacen el trabajo de la casa mientras el “macho alfa” sale de juerga con un par de botellas de vodka bajo el brazo para clavarse en la esquina del mierdero y ver la vida pasar, quejándose por todo; las niñas fallecerán en unos años más porque éstos animales, incluido su padre, no hicieron lo que tenían que hacer.

Así nace la necesidad de construir un Centro de Día en Nalaikh, pensado como un espacio comunitario donde son los mismos padres quienes se distribuirán en turnos para cuidar a los peques, para que los desempleados tengan la oportunidad de buscar trabajo y no usar a los niños como excusa barata para exigir todo gratis sin hacer nada por ellos. Bienvenidos a la Mongolia de verdad muchachos.

Un tráfico insufrible hace explotar nuestro desdichado pasar por la capital de forma violenta, estuvimos muy cerca de trenzarnos a golpes con los conductores mongoles que en los ya clásicos adelantamientos salvajes, nos obligaban a frenar de golpe para evitar la colisión y con ello las niñas se golpeaban en los asientos del frente, ¿cómo hacer entender a éstos animales que llevamos dos niñas con huesos de cristal atrás si apenas saben lo que significa la empatía, considerando además que el tema del tráfico y sus animalescas reglas son culturales?. Nos vamos raudos rumbo a Nalaikh, a intentar digerir el trago amargo del día, a veces lo logramos cuando Urko les entrega una libreta a las niñas para que hagan algunos dibujos, pero en general guardamos silencio, apretando los dientes y los puños de rabia; incómodo, violento, pero silencio al fin  al cabo.

Las niñas duermen ahora, abrazadas, como queriendo decir entre sueños, que deben ser igual de compartidos, “si no nos apañamos nosotras, no lo hará nadie” y así, con esas caritas que me me mandaron a la mierda, al punto de querer golpear a todos aquellos que las han sentenciado a morir, llegamos a la obra. Pienso en que quizás, la única forma que tengo de aportar sea desde acá, rompiéndome el lomo por los niños discapacitados de Nalaikh.

Si quiere conocer a Otgo y Nandia, Alvarito se las presenta acá


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