Ulaanbaatar, Mongolia.


¿Qué posibilidad había de encontrarme en Couchsourfing una mongola que hablara español, que más encima me diera alojamiento en su casa y que además trabajara en una ONG?

¿Qué posibilidad había de conocer a dos vascos locos que me abrieron las puertas de su ger y me invitaran a compartir con ellos una inolvidable experiencia trabajando con ellos en la construcción de un centro para niños discapacitados?

¿Qué posibilidad había de conocer a la máxima autoridad de UlaanBataar con jeans, polera y una cara de sueño del terror?

¿Qué posibilidad había de que mi nombre figure en un edificio de Mongolia?

¿Qué posibilidad había de ser asesinado por el vodka de una tropa de ancianos?

¿Qué posibilidad había de encontrar todo lo que buscaba en este viaje durante un poco más de una semana trabajando como voluntario para la asociación humanitaria “La Otra Mirada”?

 

Algunos días antes de partir de Chile me contacté vía Couchsurfing con Ogui, una mongola que trabaja como traductora para una ONG del país Vasco llamada “La Otra Mirada”, a través de ella me contacté con Álvaro, quien lidera un proyecto de reconstrucción en Mongolia, destinado a convertirse en un centro de día para los niños discapacitados de la ciudad de Nalaikh, ubicada a unas cuatro horas de Ulaanbaatar y con un poco más de 25.000 habitantes.

Vagando por las calles de Ulaanbaatar -en mi segundo día acá- recibo el llamado de Álvaro, quien notablemente apurado, me haría un espacio en su copada agenda para conocerme al mismo tiempo en que realizaba los trámites del proyecto; así conocería al resto del equipo: Álvaro, líder del proyecto; Ogui, su traductora; Batbileg, Presidente de una asociación humanitaria en Nalaikh cuyo nombre es más difícil que envolver un triciclo pa’ regalo y Urko, Vasco y colega audiovisual que tenía como función registrar todo los pormenores de la obra.

Con menudo grupo étnico partimos a toda prisa al municipio de Ulaanbaatar donde “nos” reuniríamos con quizás, la máxima autoridad de la ciudad; el Gobernador. Un edificio color crema de corte clásico nos recibe con las clásicas puertas dobles que hay en los lugares donde hace mucho frío, la función de estas puertas es evitar las corrientes de aire -si viajaste alguna vez a Punta Arenas sabrás a lo que me refiero- y al interior, un pituco lobby con ascensores relucientes de falso oro me dan la bienvenida a la Mongolia común y burocrática, la que no es para los turista y ni siquiera para los viajeros; estoy en mi salsa. Tenemos que ir al sexto piso, pero como acá en Mongolia nada funciona, el ascensor nos hace la jugada y nos obliga a bajar del séptimo al sexto piso por las escaleras. Una vez dentro comprobamos que el Gobernador no estaba disponible para la hora acordada, miro las caras de mis compañeros y al parecer han recibido más de algún plantón en su estadía; un par de miradas de hastío y bajamos aprovechando el tiempo para conversar y almorzar en un restaurante cercano ambientado en la Rusia de postguerra y que se ve caro, pero que en realidad es súper barato.

Hora de la reunión, volvimos sobre nuestros pasos, ascensor, bajar del séptimo al sexto, misma oficina pero ahora nos sale a encontrar una secretaria gorda y nerviosa que agarra al más desastroso del grupo -yo-, obligándome con una celeridad militar a quitarme la mochila, sacarme el gorro, bajar mis mangas, quitarme la chaqueta, sacudir mis jeans y no sonreír; así se visita a las autoridades en este lado del mundo. La razón de semejante reunión era resolver un formalismo legal que impedía que unas furgonetas donadas para transportar a los niños discapacitados de su casa al centro y viceversa, transiten en la ciudad sin pagar el alto impuesto respectivo, propio de los vehículos recreativos y de pasajeros. Nuestra defensa se esbozaba en el hecho de que si bien, son vehículos que transportan pasajeros, no existe ningún afán por lucrar y convertir aquellos vehículos en transportes piratas. Tras una eterna charla con el Gobernador en la que se trató de sensibilizar a su staff vía historias, comentarios y videos, se comprometió a todo cuanto él podía gestionar para dar solución al tema y liberar el impuesto. Políticos…

Nuestra siguiente parada fue en la estación del Transmongoliano, donde nos detuvimos a realizar unas consultas acerca del visado y la posibilidad que tenían mis nuevos amigos de tramitar la visa Rusa mientras fueran de camino a Moscú vía Transiberiano. Tras recibir la lógica negativa nos largamos a un taller mecánico ubicado a las afueras de la ciudad donde conocí al señor Gustavo Barrancal, un cubano viviendo en la capital más gélida del mundo; personaje más raro que un tsunami en Bolivia. Gustavo y su padre intentaron reparar una de las furgonetas donadas por el “Quijote Team”, agrupación de española formada por aventureros solidarios y cuya misión fue comprar y conducir las dos furgonetas desde España a Mongolia cargadas con material médico y donarlas a “La Otra Mirada” para transportar a los niños al centro de día.

Con las furgonetas reparadas nos vamos raudos a Nalaikh, en éste que sería mi bautizo y recepción oficial a mi próximo trabajo como voluntario. Transitamos por la carretera mongola rodeada de la camaleónica estepa que recibe al otoño pasando del color verde, al amarillo. Las conversaciones no se hicieron esperar y Álvaro, quien lleva cinco años visitando Mongolia se perfila como la gran fuente de conocimiento que necesito para intentar comprender más rápido a la singular cultura mongola. En sus palabras puedo confirmar el alto nivel de corrupción de su clase política y empresarial, la excesiva burocracia y la cruda pobreza que azota constantemente a la incompetente sociedad mongola menos aventajada; en el país de los ciegos, el tuerto es Rey y aquello ha permitido la proliferación de “Nuevos Ricos” que sin mover un dedo, se enriquecen a costa de la ignorancia de sus gentes más humildes, para muestra un botón:

Uno de los productos más importantes de Mongolia es el carbón que se ocupa como medio de calefacción primario y económico para cada hogar. Ahora bien, el tipo de carbón que frecuenta comprar el mongol común es inexportable por sus altos índices radiactivos, así las personas están obligadas a consumirlo para su consumo interno, con todos los trastornos de salud que conlleva en el mediano-largo plazo. El carbón se extrae de improvisadas minas que a pulso son explotadas por la esperanza y aguante de las personas menos afortunadas de los -mucho más pobres- pueblos vecinos, entonces; un cafiche de ojos rasgados le compra el carbón al mongol humilde en 10, lo vende a 100 en la ciudad y se queda con el 80% de las utilidades sin haber movido un dedo. ¿Por qué los mineros no se quejan? Porque simplemente no tienen la más puta idea de que están haciendo un mal negocio, porque el mongol por naturaleza no es un tipo que se levante temprano en la mañana y diga “hoy voy a hacer un gran negocio para mejorar mi suerte y la de mi familia” y si a la falta de información y educación, sumamos las verdaderas mafias organizadas de intermediarios que regulan a conveniencia los precios del carbón, más el aletargado y desprendido carácter del mongol humilde que cobra 10 porque no necesita más para vivir feliz, estamos en presencia de los actos más repudiables del libre mercado; la especulación y el caficheo que permiten a los “Nuevos Ricos” andar en Hummer por las abarrotadas calles de UlaanBaatar; otra teoría para explicar el boom económico es que en Mongolia todos le deben algo a alguien, generando un círculo vicioso e interminable de favores, bienes y deudas.

La legislación mongola obliga a cualquier inversionista extranjero que quiera operar en suelo nacional tener el 50%+1 de su fuerza de trabajo de origen mongol. De lo anterior se puede deducir que en un país con mucha gente floja y que, en casi toda su historia como nación, han tenido que pedir auxilio económico a las potencias de turno, es facil enriquecerse. Tanto el mongol que escapa de su realidad y se esfuerza trabajando por su porvenir, como el tramposo; tienen las puertas abiertas de par en par para tomar lo que quieran en un país que pretende ser moderno, pero que en niveles más profundos, está podrido por sus carencias. En Mongolia nada funciona y en compañía de Álvaro y su equipo, me acercaré cada vez más al complejo entramado social que constituye la identidad mongola.

Álvaro es un tipazo, su historia en Mongolia comienza hace muchos años atrás, en el país Vasco, queriendo desarrollar proyectos de marcado corte social para mejorar la vida de los niños y niñas de la región. ¿Cómo llegó a Mongolia? Bueno, se enteró de que las ambulancias en España eran dadas de baja al cabo de un par de años y como ya no servían para ellos, eran enviadas a Marruecos para darles un segundo aire, todo un lujo para los locales. Es así como se le ocurrió agarrar una de estas ambulancias, llenarlas de juguetes para los niños y cruzar medio mundo conduciendo el vehículo hasta llegar a Nalaikh, en Mongolia; soportando y viviendo las historias más increíbles que puedan imaginarse, soportando los mil y un portazos que las limitadas autoridades mongolas le propinaron cada vez que intentó hacer algo por los niños y acá se quedó este vasco, cuyo buen corazón apenas hace espacio para unas tripas llenas de coraje, acá se quedó y tomó partido rápidamente por estas gentes a las que le cuesta mucho, todo.

En la desaliñada ciudad, la televisión local entrevista a Álvaro mientras que con Urko, nos deleitamos con el equipamiento de última tecnología de la sala de edición -editan con Movie Maker-, nos mofamos de la improvisación de unos nerviosos periodistas y celebramos aquel encuentro con nuestros rústicos colegas mongoles con una cerveza helada en la plaza de la ciudad.

El frío se hace sentir pasadas las 18hrs y tras la entrevista nos dirigimos finalmente a la obra, en una villa ubicada a las afueras de Nalaikh. El edificio a reconstruir fue construído por el Gobierno de Korea para ser utilizado como sede social, penosamente hace algunos años atrás fue abandonado y deliberadamente incendiado, razón suficiente para que la Asociación Humanitaria “La Otra Mirada” pusiera sus ojos ahí para construir un centro de día para los niños discapacitados de la comunidad, razón suficiente para que me embarque también en esta locura, digo locura porque en prácticamente dos meses se debía levantar un edificio con escasa mano de obra calificada y nos quedaban menos de dos semanas para entregar el centro y presentarlo oficialmente en sociedad.

El sitio estaba al cuidado por la familia de “Chaga Chaga”, “Chagarté” y “Sayá” -escribo entre comillas porque sólo conozco la forma en la cual se pronuncian sus nombres-, que han trabajado de sol a sol construyendo este centro que de alguna forma también ayudará a “Sayá” quien padece una enfermedad degenerativa. Es increíble la cantidad de niños con problemas de discapacidad que habitan en escasos metros cuadrados y es que las inexistentes medidas sanitarias permiten la proliferación de un sinnúmero de bacterias que afectan el desarrollo normal de los pequeños. Acá en Nalaikh el W.C. es cualquier lugar donde se te pare la raja ocupar; ahora bien, si estás en tu casa dispones de una letrina con un profundo pozo pero sin ningún tipo de desinfección, como la cal. Es presumible que en un sitio donde el agua es un bien escaso y que ésta se extrae de los pozos que se conectan a napas subterráneas, toda la mierda de la ciudad permee hacia las napas comprometiendo la virginidad del agua; un uso negligente del vital elemento -como es común por estos lares- podría ocasionar más de algún problema a los pequeños niños mongoles. Otro de los temas más chocantes y que podría ser otra razón para explicar el por qué en una población aproximada de mil personas existen al menos 150 casos de niños discapacitados. Las inexistentes medidas higiénicas del pueblo mongol y de ellas puedo mencionar las estrictamente estructurales (falta de alcantarillado, agua potable, políticas públicas enfocadas, etc.) y las identitarias (el mongol no es un personaje limpio per sé), sentencian al subdesarrollo al pueblo y cuando uno, después de haberse roto la cabeza de incredulidad, comienza a asimilar la normalidad en esa vaca famélica que pasta la insípida hierba cargada de vodka, mierda, condones llenos de semen y cuanta mierda radioactiva se encuentre en el piso, y que luego los mongoles asesinan para su consumo, sólo recién ahí, captas de una manera muy superficial el tipo de problema con el que lidian estas personas. Otro problema que explicaría la cantidad de niños con discapacidad es que los mongoles se casan entre ellos, no de forma consciente al menos. Por ejemplo, si yo fuese mongol y estuviera perdidamente enamorado de esa chiquilla de ojos rasgados que lava su pelo en el mierdero de la esquina DEBO necesariamente preguntarle por el nombre de su clan de origen, no vaya a ser que mis siguientes horas de amor en la ducha pública, donde es permitido el piojento polvo express enchalado y entre duchas, siembre mi manoseada semilla sobre una prima de primer o segundo grado. Así es Nalaikh -y quizás todos los villorrios parásitos de Ulaanbaatar-, un reino en tierra de nadie, una rebanada de infierno donde el Gobierno central no pone un peso y los niños pequeños deben sobrevivir al “cuidado” de padres ebrios, desempleados e increíblemente cafiches que nada hacen por mejorar en un mínimo porcentaje la calidad de vida de sus vástagos. Acá he conocido la miseria en una versión distinta a la que he acostumbrado, es esa clase de miseria que indigna, es esa clase de miseria mendiga, alcohólica y profundamente cómoda, empaquetada de quejas infantiles e inverosímil orgullo, que forma parte de un número no menor de mongoles poco afortunados; pero también encontré acá historias de superación, hospitalidad y amor a la familia. En este villorrio decidió instalarse Álvaro, luchando durante su estancia para ganar la confianza de la gente y generando estrechos vínculos que espero duren muchos años más, por el bien de los niños.

Otro tema importante es el agua, un bien escaso en Mongolia, de hecho en el exterior de la ciudad se encuentran una serie de pozos custodiados por militares y también existen otros ubicado al interior de las villas -que carecen de alcantarillado-, de acá las personas cargan diariamente -y muchas veces durante el día- en un sediento y taciturno desfile, muchos bidones con el agua del pozo llevada a la rastra por destartalados carros, convirtiendo la precariedad de su hacer en un evento social donde vecinos y familiares, mientras llenan sus recipientes y los niños chapotean en los charcos enmierdados, se dan tiempo para cotorrear las últimas copuchas de la vecina violentada o la memorable cachita mensual en la ducha pública.

La distribución urbana de Nalaikh responde más a la improvisación que a la planificación. Cada ciudadano mongol tiene derecho a poseer un terreno que el Gobierno entrega de forma gratuita (0.7 hectáreas aprox) y éstos generalmente hacen uso de ese espacio donde se les pare la raja, desconociendo formalismos y papeleos propios del trámite y consolidando sus posiciones en poblaciones callampas o favelas. Además, y contrario a su naturaleza, montan un ger en el terreno y cercan su perímetro con irregulares rejas de madera; los mongoles son los principales artífices de su asesinato cultural, autoprivándose de su naturaleza libre y nómade. Aquellos mongoles adinerados podrán edificar una casa de concreto que ocuparán durante el crudo invierno, los demás tendrán que sufrirlo en el ger -hay que tener unos huevos enormes y una mala cuea impresionante para ser pobre en Mongolia-.

La casa tradicional de los mongoles llamada “ger”, es una estructura circular de baja altura que permite a través de cocina y chimenea ubicada en su parte central, contener el calor en la casa, eso sí, el fuego debe ser constantemente avivado para mantener el calor durante la noche, donde la calidad del fuego y su duración dependerá del combustible que pueda costear la familia: madera, carbón común, el excremento seco que  extraen de sus animales o el nocivo carbón radioactivo, un carbón que no es posible exportar a ningún país extranjero por contener altísimos índices de material radiactivo y que es sólo usado para el consumo interno de los menos afortunados. ¿Quiere saber más del ger? Alvarito se lo cuenta en este link.

 

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Llueve en Nalaikh, quedamos con Álvaro en que mi voluntariado comenzaría en dos días más. Es súper tarde, ha caído la noche y uno de los trabajadores de la obra generosamente me lleva de regreso a UlaanBaatar en una frenética carrera en la mojada y competitiva carretera mongola. He aprendido un par de palabras en mongol flaite que no me ayudan en nada a comunicarme con el conductor, que después de ofrecerme cigarros y vodka que políticamente no acepto, me deja a un par de cuadras de mi pensión.

¿Qué nuevas historias me encontrarán mañana?, estoy raja y con ese pensamiento en la cabeza me desplomo en la cama, ha sido un gran día.