21 Febrero 2014; Wadi Rum, Jordania.


 

[Después del desayuno, caminamos casi dos horas por el desierto en compañía de Mahmud, uno de los amigos de Salah, que al parecer habla poco inglés y tiene seis dedos en el pie derecho]

Wadi Rum es lugar hermoso, el sol en esta época del año no pega tan fuerte -estamos en invierno- y nos acompaña una brisa que nos refresca al caminar con energía y sin agobio al encuentro con Salah, que estaba al otro lado del cañón preparando el almuerzo.

 

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El desierto tiene algo mágico, no es el clásico desierto que ves en las películas o las postales de viaje, el Wadi es rojo, lleno de montañas y de tiendas de beduinos ancianos que se revelan ante la vida entre cuatro paredes de sólido concreto. Ante tal belleza no es raro sentirse perteneciente a cada cosa que ocurre en un viaje, tras cada paso que doy en la arena pienso que, como en Nepal, la India y Bután, estoy viviendo un sueño, que en realidad todo es mentira y sigo en mi cama mirando el mapamundi que alguna vez me regalaron mis viejos cuando era pendejo, mi primer póster, mi primera invitación informal a descubrir todos los lugares de colores que figuraban en él. Sigo mirando hacia atrás y por más que intento, me sigo preguntando:

“¿Dónde chucha cambió mi vida, en qué momento? ¿Necesité de un punto de inflexión o bien ha sido algo que ha vivido conmigo desde niño, esperando el momento adecuado para eclosionar?”

Quizás fue un instinto de autoconservación, que se activó ante la dificultad de tener vacaciones en familia cuando era un niño. Hasta el día de hoy ignoro si habrá sido por el poco dinero que teníamos, la apatía de mi viejo o qué sé yo.

¿Qué fue?

Como el “Big Fish” de Tim Burton, me vi obligado a saltar a una pecera más grande cada vez.

Amo mi vida, por la chucha, no me cansaré de repetirlo.

Amo cada momento, bueno o malo, amo a mi gente y en particular a mis viejos, pienso en los sacrificios que han hecho coartando nuestra vida de familia, y es que cuando albergas bajo tu techo a la abuela, a la bisabuela y por momentos a algunos familiares extraviados, muchas cosas que hacen las familias “normales” se dejan de hacer, como la posibilidad de ir a comer juntos a un lugar rico, jugar en el parque con el papá o ir de vacaciones a final de año: “¿cómo vamos a dejar sola a la aweli?”, “es que no hay plata”, “es que el papá es muy fome” -nos decían-. Cada aventura que vivo, cada viaje que hago, lo convierto en crónica con la estéril y naif intención de dejar una miserable huella en la vida de alguien, pero hay algo más grande que el “legado” escueto e inocente de un animal como yo.

Cada crónica que escribo, tiene como principales destinatarios a mi madre, cuyo sacrificio y amor por nosotros la privó de todo por cuanto hoy amo y disfruto plenamente; a mis hermanos, primos y sobrinos; para que sepan que hay decisiones en la vida que no pasan por el dinero, que no pasan por las convenciones de una sociedad tradicional y del puto “hacer lo que se espera de uno”, que hay formas diferentes de disfrutar nuestro tiempo, los sueños viven en nosotros esperando ser realizados y no para que nos atormenten permanentemente.

Pablo, Vale, Feña, Ariel, Valentina, Emi, Nico, Pipito. Todo es posible, nunca descansen hasta hacer realidad sus sueños, es lo único que el “animal” de su tío les puede decir en esta vida, lo único.

 

*

 

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El desierto tiene innumerables caminos hechos por los “ires y venires” de las agencias de turismo más tradicionales, perderse acá es fácil y solo ahí te das cuenta que haber pagado por un guía había valido la pena considerando el poco tiempo que tenemos para viajar. En Wadi Rum hay sólo un auto probado y recontra probado para aquel terreno blando: TOYOTA, “si no es toyota no existes”, me dice Mahmud, 100% garantizado por todos los beduinos que vi manejando como desaforados por las dunas y ojo, acá hay tarros del año 60 dando vueltas.

 

1962434_10203366198333662_1422234061_oTras otro abundante almuerzo en el que Virginia y yo limamos algunas asperezas (creo), llegó el momento de escalar ¡la montaña más alta de Jordania!, el Jamal Umm ad Dami con sus insípidos 1.854 msnm que se encuentra ubicada en el límite de Jordania con Arabia Saudita. De sencillo ascenso el “Jamal” me recordó al último tramo del cerro Punta Horizonte, uno de mis regalones. Desde la cumbre del morro jordano contemplamos la inmensidad del desierto más allá de los límites de Jordania, ¿qué otras aventuras habrán en la región del Hiyaz?, lugar ancestral de peregrinación a La Meca. ¿Qué cosas encontraré por ejemplo en Medina?,¿Podré entrar sin ser musulmán?, ¿Me seguiré topando con gente tan extraordinaria como los beduinos de Jordania?

Salah me cuenta que en Arabia Saudita, muchos son beduinos también, pero han cambiado el pastoreo de animales, ovejas y burros; por autos lujosos y petróleo, y que además son mucho más estrictos en la aplicación de la ley islámica.

 

[¡Arabia Saudita suena como una nueva aventura en mi cabeza!]

Tan romántico que es el montañismo, tan increíbles aventuras y crónicas han salido de las más importantes ascensiones que he realizado, los colores, la inmensidad y todo eso….

Pero ¿saben?, la verdad que esta vez no fue tan bonito y mágico. Antes de empezar a subir me mandé una de mis clásicas cagadas antológicas, veinte minutos de pseudo placer estomacal, incluso me dio tiempo durante el depósito, para jugar con un escarabajo que inconscientemente me seducía mientras mis tripas no me daban tregua.

 

“¿Andrés subiendo un cerro sin hacer caca antes?”. Olvidenlo, las tradiciones existen para respetarlas.

En la cumbre siempre está la distensión que ofrece la meta cumplida, el tiempo para seguir conversando no se hizo esperar y como ha sido la tónica en esta aventura -y en todas las otras-, el primero que dispara, soy yo:

“Salah, ¿cuál es tu nombre completo?”

El completo, completo? replica él.

Sí, ese mismo- respondo, y mi amigo se despacha una cantidad impresionante de nombres en arábigo para terminar con un “Al-Heuwaitat”. De pronto mi ñoñería cinéfila me hace viajar a la clásica escena de los “13th Warriors”, cuando el vikingo libidinoso le pregunta el nombre a un Antonio Banderas que como árabe, era más falso que un collar de sandías.

Impactado por la cantidad de nombres, le pregunté por el significado que estos tenían:

“El primero es mi nombre, Salah, luego viene el nombre de mi padre, de mi abuelo, de mi bisabuelo, de su padre y el padre de éste y así con toda la generación, para terminar con el nombre de la tribu a la cual pertenezco. Si yo decidiera crear una nueva tribu, el linaje se renueva con mi nombre”, dice Salah.

Y PAFF, “martillazo polaco cultural”.

He dedicado muchos párrafos a hablar del honorable pueblo beduino y ahora, me empapo del homenaje, aprecio y devoción que sienten hacia sus antepasados, al tiempo que no puedo evitar comparar mi sociedad con la de él y sentirme inevitablemente como la mierda, viviendo en un país donde los viejos pasada cierta edad, son un estorbo. Claro, es lindo ir a verlos los fines de semana o para la navidad, pero no lo pensamos dos veces cuando se les zafan los tornillos, y decidimos mandarlos al asilo para que compartan lo que les queda de vida con otros descartados, para que entablen relaciones express en la agonía y la miseria de sus pañales cagados o sus alzheimericas performances. Claro, mejor le pagamos a alguien para que los cuide poh, hacemos una vaca entre todos para que un “X” le limpie el poto mientras nosotros nos vamos de paseo.

Tenemos en un lugar importante a nuestros viejitos, de cariño sin duda, de respeto ni hablar, pero ¿cuándo sus luces se comiencen a apagar, volveremos a sentarnos a sus pies en busca de una historia o un poquito de sabiduría?, ¿se acuerdan cuando éramos niños y añoramos ir a verlos a su casa?. Pero hoy no hay tiempo, todo es desechable, incluso la sabiduría de nuestros abuelos, quienes algo habrán hecho en la vida digno de un homenaje que trascienda en el tiempo y en la historia familiar.

Valga el reconocimiento nuevamente para mis viejos, por haber acogido bajo nuestro techo a mi viejita Sonia y a mi weli Aida. Pienso en ésta última que nos dejó hace algunos meses (hoy, 6 de julio, se cumple un año de su fallecimiento), a sus 97 años mucho nos contó, aunque facha hasta la médula, mi bisabuela tuvo el carácter clásico de la mujer fuerte de antaño, terca como las mulas, aperrada y creo que no hubiese durado tantos años si hubiera estado solita en su casita de madera, y es que con la energía que la manga de tatara nietos, bisnietos y nietos desparramaban, le daban razones suficientes para levantarse en la mañana con esa hermosa sonrisa sin dientes, esa que se reía de mis estupideces o de las historias weonas que le contaba. Que cuando el día en el cual olvidó para siempre mi nombre, siempre encontró alguna forma para hablar o preguntar por mi… “¿y el joven?”, “¿llegó el joven de arriba?”.. “¿cómo está el… (y apuntaba para arriba)?” y sólo hacían cinco minutos que habíamos estado conversando. Un día esa hermosa sonrisa sin dientes no nos acompañó más en la mesa, y al cabo de unos meses ya no nos acompañó más en la casa.

Te quiero viejita.

 

*

Bajamos del cerro dispuestos a encontrar un lugar donde pasar la noche, los beduinos tienen ese no sé qué del nómade y ponen su casa en donde se les pare la raja, duermen donde quieren, llevando su arenosa fiesta entre los recovecos sinuosos y escarpados del Wadi Rum.

Hemos montado el “campamento”, que en realidad se remite a un par de flácidos colchones y unas frazadas. Mientras Salah hacía el té, llegaba el resto de los amigos a darle una mano con el arroz, lo que ocasionó que le hiciéramos un bullying del terror, aprendí con ellos a cocinar el arroz con una bolsa plástica en vez de la tapa de la olla, queda ¡LA RAJA!.

 

*

Esta también ha sido una noche de emociones fuertes.

Salah me contó la historia de uno de sus últimos nombres, es decir, aquella persona que lo antecedió hace ya mucho tiempo. Lamentablemente he olvidado el nombre de ella, pero según él, la historia forma parte de los “grandes clásicos beduinos” de su tribu, o sea, todos conocen la historia:

Érase una vez una mujer abandonada junto a sus tres hijos en la región del Hiyaz (donde se realiza la peregrinación a La Meca). Vivía en una cueva en la más extrema pobreza y en su desesperación por proveer a sus hijos del alimento que les permitiese seguir viviendo, comenzó a asesinar a los camellos que los hombres de dinero mandaban a los alrededores. Con el paso del tiempo la solitaria y aguerrida mujer comenzó a tener fama de ruda y desalmada en las conversaciones locales. Tanto temor causaba, que los dueños de camellos se organizaron y demandaron a la mujer para que se sentara en el tribunal beduino.

Ante el Sheij expusieron sus argumentos los dueños de los camellos. La mujer, por su parte, respondía que no tenía ni la forma, ni los medios para alimentar a sus famélicos hijos y no tuvo más remedio que echar mano a lo que la naturaleza le provee. Ante el horrorizado rostro de los dueños de los camellos, el Sheij dictaminó: “si tanto te importan tus camellos, hombre adinerado, deberías invertir en su cuidado. Además, deberás llevar diariamente comida y víveres para esta mujer y sus hijos hasta que ellos puedan valerse por sí mismos”. Así cada día, los adinerados dueños, dejaban su donación en la entrada de la cueva donde vivía esta valiente mujer que trascendió en la historia árabe por sus cojones y su honestidad.

Según Salah, cada caravana que va rumbo a La Meca, pasa a dejar una ofrenda al lugar donde vivió la mujer mata-camellos, cuyo nombre -que no recuerdo, jaja- se incrusta como una piedra preciosa en el nombre de mi amigo.

La historia que me cuenta me da pie para despotricar en contra de todo.

Atentamente Salah me escucha y hace preguntas cuyas respuestas lo desconciertan. Una de ellas es sobre el papel de los abuelos en la sociedad, otras tienen que ver con la hospitalidad y acá se sigue acentuando la brecha. Para los beduinos es esencial la hospitalidad entre amigos, conocidos e incluso enemigos. Cada persona que toque a la puerta de un beduino, recibirá la más cálida de las bienvenidas, té caliente y una honesta conversación para conocerse, sólo terminado este protocolo es sensato para el dueño de la casa preguntar por las razones de la visita. Sí, obvio, es una tribu y es lógico que se conozcan entre ellos, pero yo y seguramente Ustedes, ¿conocen a todos los que viven en su mismo piso?, ¿o en su pasaje?, ¿saben cómo les está yendo en sus vidas?

Los beduinos tienen esas cosas que enamoran, y da rabia que uno tenga que viajar tanto para encontrarse con un conocimiento tan simple y trascendental, sociedades que no ven valor alguno en el dinero más allá que el práctico y que enfatizan más la generación de relaciones virtuosas y duraderas con otros, en honor, ¿¡Qué descabellado por la chucha!?

 

[Virginia duerme junto al fuego mientras Salah y yo seguimos cambiando el mundo en el desierto]

Mi amigo, hábil para leer a la gente, nota en mí cierto grado de frustración y me pregunta si estoy cansado de toda la mierda que le cuento. Y sí, lo estoy… y mucho.

“Quédate aquí entonces y no vuelvas más, quédate con nosotros Andrés”

Y el mundo se me vino abajo, dio un par de vueltas, subió, bajó y terminó en un mordisqueado y tímido “no…”

Me prometí terminar el magister este año, para probar suerte y dar sentido a una fuerte convicción social, algo que me de herramientas para poder contribuir, en primer lugar desde la trinchera, y quizás más adelante, desde las decisiones.

Por otra parte estaba Virginia, a quién prometí que la regresaría segura a casa.

¿Dudé?

Sí, más que la chucha, de todos los lugares que conozco nunca sentí tanta pertenencia, me siento afortunado por este momento, afortunado de ser reconocido como un legítimo otro y al mismo tiempo, odio este momento, odio el contexto, odio no estar viajando solo para poder dar rienda suelta a mi locura por quedarme un tiempo con esta gente increíble, pero no estoy viajando solo y de alguna forma, me debo a mi compañera, sobre todo ahora que la relación es cada vez más difícil y sólo pienso en volver a Chile para dejar las deudas pagadas y terminar lo que comencé.

 

Tantas excusas para explicar un acto de plena cobardía.

Nunca más.

Dormir hoy bajo las estrellas no ha sido fácil, en mi cabeza tengo todas las historias que me han pasado acá, todas las maravillas que esta gente ha compartido conmigo, su gentileza, afectos y por sobre todo, lo que me han enseñado.

Revivo el encuentro con Agap y su familia, con Salah y sus amigos. Jordania ha sido increíble, he llorado como nunca, con una emoción tan prístina y única que me hizo sentir transparente.

Amo Jordania pero aún más, a su gente. Me han dado lecciones de vida que aprenderé y compartiré con otros. Sé que ya no seré el mismo después de vivir esto. Llegaré a Chile con los ojos de un “medio beduino”, ojos que ahora, por fin me dejan descansar en el desierto.

 

Siguiente capítulo y final, Hasta pronto.