19 Febrero 2014; Petra, Jordania.


 

El Siq

El Siq

2JD (1.500clp) cuesta el traslado a Petra desde cualquier ubicación en Wadi Musa, esta tarifa es válida sólo para los “taxi camioneta” que sin tener ningún tipo de identificación te hacen un “cambio de luces” -¡Uy!- y te llevan a Petra por la cifra que mencioné, la más económica por cierto, quizás es la misma gente local que se hace unos pesos extra con turistas y viajeros.

 

/Cambio de luces/ chilenismo para: coqueteo.

 

Petra es todo lo que debieron ser las Pirámides y no fue. Orden, limpieza y hospitalidad en cada gesto: 50JD cuesta la entrada (40.000clp c/u) y vaya que vale la pena. Necesitas un día completo para visitar todo el complejo y es que Petra no es sólo el “Tesoro”, que inmortalizara Spielberg en Indiana Jones y la última cruzada. Petra es un complejo inmenso tallado en la roca viva, primero por los Edomitas (s.VII A.C.) y luego por los Nabateos (s.VI A.C.), un pueblo comerciante que, influenciado por griegos y romanos, diseñaron un arte propio haciendo prosperar a esta ciudad como la única vía de conexión comercial que unía en esos tiempos Europa con Persia y el Lejano Oriente. El posterior descubrimiento de la ruta de la seda eliminó la influencia comercial nabatea en la zona y los sentenció a la extinción.

En 1812 el aventurero Johann Burckhardt descubrió el complejo haciéndose pasar por un árabe, traspasando las líneas defensivas que los beduinos establecieron para proteger la ciudad en la cual vivían. Burckhardt era de esos exploradores de cuento, descubrió Petra en Jordania y anteriormente Abu Simbel en Egipto. ¡Todo un Indiana Jones!

La llegada al “Tesoro” no pudo haber sido más hermosa, a las 6:00hrs nos pusimos en marcha evitando las hordas de turistas ruidosos. Todos los ingredientes estaban en la mesa, sólo me faltaba el látigo, el sombrero, el tanque nazi y la ubicación del Santo Grial… Al menos tuve que arrancar de al menos diez ruidosos y vetustos alemanes para lograr sacar buenas fotos.

La ruta por Petra se inicia por la base de un acantilado de roca suavemente erosionada por el viento llamada el “Siq”, posterior a él, estaba…el Tesoro.

Y se acaban las palabras que puedan al menos llegar a rozar la belleza de este sitio.

 

905427_10203365885125832_2143194134_oEl complejo continúa hacia el anfiteatro, los edificios públicos y luego de recorrer un sendero ascendente, llegas al “Monasterio”, todo impresionantemente tallado en la roca. En Petra también puedes encontrar las tumbas de importantes regentes nabateos que en su momento debieron ser tan hermosas como el Tesoro.


El primer punto alto del complejo es el “Altar del sacrificio”. Ahí se ofrendaban vidas para el Dios de los Nabateos que no recuerdo como chucha se llamaba. Cabe mencionar que cada recorrido por el complejo contaba con innumerables tiendas beduinas de artesanías y chucherías atendidas por los descendientes de aquellos que alguna vez vivieron acá en Petra. En algunas de estas tiendas nos invitaron amigables tazas de té, en otras nos lo cobraron y en otras decidimos pasar de largo. La hospitalidad jordana en Petra es un abanico de incertidumbre cuando se trata de poner un pan en la mesa de una familia humilde. Aceptamos el té de buena gana, dejando algún billete huacho que sirviera de algo.

1795914_10203365999928702_1796093978_oAsí pasó nuestro día en Petra, quedaba un último lugar al que dejé deliberadamente para el final: el mirador de “El Tesoro”, un lugar alto desde donde miras la majestuosidad de este patrimonio del alma. Dejamos tras nuestro rumbo una singular caverna acondicionada como casa, dejamos atrás también una deshilachada bandera jordana, que bien pudo haber significado un puesto fronterizo entre un sueño y la realidad misma. Al terminar el sendero nos vimos enfrentados a una pequeña tienda beduina, quizás la última en ese sector, y encontramos en ella a dos beduinos jóvenes tomando té y conversando animadamente. Pregunté si estábamos cerca del mirador y me dijo que su tienda era el último punto, que pasara y así, entre alfombras, chucherías y muchas tazas de té nos hicimos camino hasta llegar al lugar donde el último rayo de sol estaba acariciando la fachada de una de las construcciones más hermosas que han visto mis ojos.


Minutos más tarde, el té beduino no se hizo esperar. Té que dio el punto de partida a una entretenida conversación entre dos nómades, uno beduino y otro chileno, según él, “half bedouin” (medio beduino). Entre risas y buena conversación, Agap, el beduino dueño de la tienda, me dice que me da un buen precio por mi Keffiyeh negra (mi amado pañuelo palestino) y respondo de inmediato que no, ni cagando. Ante su insistencia le digo que es un regalo y comprendió entonces que no debía seguir insistiendo, para los beduinos regalar cosas es una costumbre muy respetada.

“Pero tengo otro regalo para ti” -le dije-.

¿Qué cosa? ¿Qué cosa? -insistía.-

Tranquilo, espera y verás.

 

La sorpresa en la cara de Agap fue un momento mágico que incluso lo llevó al borde de las lágrimas, y mostrando un nerviosismo tan propio de un niño que llegó a conmoverme hasta las tripas.

Siempre que viajo, una de las cosas que traigo conmigo es la camiseta de mi amado equipo de fútbol Universidad de Chile, una de las cosas que más amo en la vida, ante cada victoria, infla mi pecho con una felicidad que pocos pueden comprender. Pero ser hincha de la “U” tiene más de tristezas y aguante que de alegrías y éxitos deportivos, y es que ser de la “U” tiene algo especial, diferente. Gane o pierda la gente que ama al equipo estará ahí, gritando sin parar, queriendo que el equipo, esté donde esté, salga al ataque, siempre en busca del arco contrario, siempre apuntando al horizonte.

La camiseta de mi equipo me ha acompañado durante años a todos los logros que he conseguido en las montañas o los viajes, es una costumbre traerla conmigo aunque no la use. Hoy no será ese día y tras la foto de rigor que testifica y corona al fin el cumplimiento de otro sueño de pendejo me dirijo a Agap y le digo:

“Este es tu regalo, de un nómade a otro, de un romántico viajero a otro”.

La cara de mi amigo beduino no lo podía creer, era pura emoción y aquel momento místico y hermoso, dejó de serlo cuando me mira con sus ojos emocionados y me pregunta:

“¿Es la camiseta del Barcelona?”

– ¡JAJAJAJAJAJA!

 

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Es costumbre entre los musulmanes que cada vez que alguien va de visita a un lugar es menester llevar un presente. Mi gesto honesto y desinteresado conmovió a Agap, quien no se cansó de agradecer el regalo, además le conté de forma breve la historia del equipo de mis amores, de lo que significaba el aguante y de lo mucho que me costaba desprenderme de algo tan querido, pero al igual que él, ya estaba hecho un caos de emociones, no llevo ni dos días en Jordania y ya tengo en mi corazón el recuerdo de un día soñado, el encuentro con un igual.

Son esta clase de momentos los que me motivan a invertir todo lo que tengo para viajar, algunos más tradicionales pueden cuestionar legítimamente tanto el fondo como la forma de mis decisiones, para mí, sólo importa vivir mi vida de forma extraordinaria. Las concesiones tradicionalistas, “lo que se espera de uno” y una vida profundamente plana y ordinaria no son cosas capaces de hacer mella en mis convicciones ni mi voluntad. Vivir una vida plena que me mantenga en movimiento constante, siempre para adelante, siempre buscando, es lo que quiero para mí y lo que me encantaría compartir con otros. Amo mi vida y a todos quienes forman o formaron parte de ella, a todos a quienes se cruzaron en mi camino y me ayudaron a pulir el tosco, ácido y bruto ser que aún soy.

A Ustedes mis infinitas gracias y sigan disfrutando de lo que viene…

Con Agap, luciendo su nueva camiseta, inmortalizamos el momento con una foto que mandé luego a mis amigos en Chile. Hablamos de montañas, mujeres y de las fiestas que a veces hace acá arriba, hasta que ocurrió algo más mágico aún, de pronto me mira y me dice:

“Amigo, te invito a cenar con mi familia ahora, no lo pienses mucho por que pensar mucho te hace viejo y lento”.

El amigo de Agap reafirma la invitación diciendo:

“Aprovecha la oportunidad, eres un hombre afortunado, que ser amigo de un beduino es un lazo que no se rompe”.

Agap no encontró forma de agradecer por la camiseta y tanto a Virginia como a mí, nos colmó de collares, pulseras, cada cosa que tenía a la venta para su sustento nos la regaló y todo esfuerzo por dejar que conservara su fuente de trabajo fue infructuoso. Al rato ya estábamos en marcha, dejábamos así la tienda con nuestros bolsillos cargados de regalos y con una nueva aventura entre manos, ¡que gran día por la mierda!.

Hemos llegado a otro punto alto del complejo, Agap quiere que lo acompañemos a ver la puesta de sol para enseñarnos el nombre de las cumbres más cercanas (igual como lo hacemos nosotros en la cordillera). Petra despide así a los ruidosos visitantes y dejaba a los beduinos que se gritaban de montaña a montaña, contándole a gritos las últimas novedades del día, algunos son familiares y otros entrañables amigos. Si entendemos que los beduinos pueden tener hasta cuatro esposas se podrán imaginar la cantidad de niños y parientes que deben andar dando vueltas en el desierto. Esto último no sucede con la familia de Agap que tiene diez hermanos (creo), todos de la misma madre y padre, y en donde todos colaboran con el sustento del hogar en algunas de las tiendas que ves en el camino.

1899788_10203366023929302_1753136085_oLa puesta de sol sigue dejando momentos inolvidables. Agap me cuenta que lo apodan “Eagle Lost” (águila perdida), ya que como loco nómade, anda de cerro en cerro, evitando pasar mucho tiempo en casa y que cada vez que algún despistado turista se pierde, quién lo encuentra siempre es él.

Gran tipo este beduino loco, me contó que estuvo de novio con una francesa que visitaba Petra y se quedó con él, finalmente el asunto no prosperó por sus diferencias culturales y desde aquél -¿fatídico?- momento, Agap se convirtió en un ferviente opositor del matrimonio.

Si, si… medio beduino, si, si… tenemos bastantes puntos de contacto con Agap a quién aprovecho de enseñarle algunos chilenismos, práctica tan propia de mis viajes, el momento fue incluso registrado en un video, él por su parte me enseñó árabe y me puso un apodo que significaba algo así como “necro-algo”… nada fílico debo agregar. Matamos el tiempo riendo y compartiendo historias, se nos va el día y somos las últimas almas en Petra, únicos testigos de la vida que sucede cuando la magia que encandila al turista se apaga, únicos testigos de lo que realmente pasa en este lugar tras bambalinas.

Soledad absoluta abovedada bajo un cielo completamente estrellado, ha llegado la hora de abandonar nuestro palco de honor y nuestra nueva misión es encontrar los burros perdidos de Agap que se llaman Shakira y Sara. Mientras bajamos mi amigo alza súbitamente su vista al horizonte y me dice:

 

“Allá está mi familia, ves el fuego al fondo, en la cueva.”

¿En la qué? ¡¿En la cueee?! ¡Conchesumadre!

 

Su familia estaba preparando la cena en una de las históricas casas que los nabateos construyeron hace siglos y nosotros íbamos a compartir con ellos. No llevo ni dos días en Jordania y ya puedo morir en paz.

Agap me ha confesado que su familia y las montañas son toda su riqueza. Dejó la escuela muy joven porque prefería vivir libre en las montañas y que cada moneda que gana se la da a su madre, la única persona -según él- que entiende su forma de vivir la vida. Mi amigo está consciente que es un tiro al aire -otro punto de contacto- y que ello le ha valido cierta incomprensión por parte de su padre que hubiera preferido otro destino para su hijo.

En el Islam está prohibido beber alcohol, pero Agap no tiene reparo alguno en contarme sus historias de borracho, borracho arriba de cuanto medio de transporte existiera en el mundo, sin embargo, lo hace a escondidas y en la más completa soledad.

 

[ Encontramos a Sara, el burro ]

 

1980392_10203366024889326_2073032730_oMi amigo beduino me cuenta que viaja con Sara en la más absoluta oscuridad y que ésta jamás ha perdido el rumbo, apunta con sus orejas en dirección a algún sonido que pueda escuchar en la lejanía y es tan fuerte que puede cargar a dos beduinos borrachos y llevarlos al trote a sus casas. Ahora Sara se lleva a Virginia, tarea que no le amerita mucho arrojo físico porque ella es muy pequeña y ñu.

La familia de Agap nos espera…

La cueva

 

Llegamos a la hora del crepúsculo a una cueva con una fogata en su exterior, nos detuvimos con Agap a conversar de los hermanos, lo importantes que son para nosotros y de nuestro rol como los más viejos. También le comenté de lo bien que habla inglés mi hermano Pablo, de lo inteligentes que son mis sobrinos, sobre todo del pequeño chinito sabio, el Emilio. La cálida conversación es interrumpida de súbito porque salen a nuestro encuentro cuatro hermanitos de Agap: la más pequeña carga un cabrito que cada cierto rato se lanza un “beeeeeee beeeeee” tan tierno que no dan ganas de tirarlo a la olla. La hermana más grande nos reconoce, nos vió dar vueltas por Petra e incluso sabía que éramos de Chile y que le tomé una foto a un policía -¡Cáchate la memoria!-.

Y ahí estábamos, rodeados de fuego, humo, niños, cabras, burros y té.

Los padres de Agap se encuentran en el interior de la cueva, temperados por otra hoguera más pequeña, nosotros en cambio, disfrutamos afuera de las atenciones de mi amigo beduino y sus hermanos, compartimos el té, pan y la famosa “camel milk”, un trago tradicional de los beduinos que consiste en una leche extraída de la cabra que se deja fermentar, es ácida, hedionda como un queso podrido y muy afrodisíaca. La “camel milk” sólo puede ser bebida durante la noche puesto que favorece el paso de la sangre a las zonas cercanas a las partes nobles, permitiendo que el pajarillo experimente la más férreas de las erecciones durante horas. “Camel milk es la razón por la cual tengo tantos hermanos”, me dice Agap con cierta resignación.


Hemos compartido uno de esos momentos mágicos dentro de un viaje, dos trenes culturalmente opuestos se enfrentan a toda velocidad y chocan generando algo inmensamente más grande y significativo, se funden y a pesar de las diferencias que los distancian hacen intentos honestos por comunicarse, trascienden su tiempo y su espacio dejando con ello una profunda sensación de pertenencia. Eso me pasó en Petra, comiendo entre beduinos, dibujando nuestros nombres en la arena roja del desierto, trenzando el cabello sucio y enmarañado de las niñas, mostrando las fotos de mis amigos en Campo de Hielo a los niños o compartiendo la música que sale de mis audífonos en un gesto tan puro, como la ingenuidad misma en el rostro de esos niños inquietos, con su cara sucia y sus mocos secos, niños ávidos de historias.

“Mis padres quieren conocerlos” -dice Agap con medio cuerpo afuera de la cueva-.

Screen shot 2014-07-06 at 11.07.08 AMCon el estómago apretado me acerco al interior y maldición, ¡no sé como pedir permiso en árabe!, hago cualquier estupidez para mostrar respeto. Casi se me sale un “namasté” mientras me inclinaba, qué idiota debo haber parecido para ellos, que me miraban con un fulgor que resaltaba en las chispas de esa insípida hoguera que dejaba la caverna a media luz. Pero nada importó, el momento era único y sólo queda lanzarme al infinito, nuevamente a lo desconocido…Acá la historia se vuelve más increíble aún…


Compartimos junto a la familia de Agap, encontramos a su padre que es un hombre de aspecto fuerte y tierno al mismo tiempo, como un ekeko sin bolsas que, semi acostado en una esterilla plástica roñosa luce como un hombre de pasado orgulloso y combativo, su estampa era resaltada levemente por la tenue luz de una fogata que sólo necesita de pequeñas ramas secas que, recolectadas durante el día, te permiten hacer un té donde se te pare la raja, a cualquier hora.

Mientras respondo cada una de las preguntas que me hace el padre de Agap en un inglés peor que el mío, sus hermanos lo interrumpen constantemente montados encima mío, como quien lleva un abrigo grande encima: “¿En tu país tienen desierto?¿Tienen camellos?¿En tu país tienen estrellas?, ¡porque aquí tenemos muchas!”, y cómo no responder una a una esas preguntas que salen de la más árida y pura inocencia, cómo no abrir algunos centímetros su mundo de niño, cómo no reír ante sus intentos desesperados por la atención del peculiar visitante. En sus manos yace el vestigio de una vida durísima, pero que ellos en su inocencia dicen amar. No hay computador, no hay Ipod, no hay internet y la verdad es que no hay casi nada, tienen a sus animales, sus chucherías y a su familia, en una vida de manos cochinas, miradas intensas y lomos cansados. Cómo negarles entonces, alguna mínima cosa que los haga viajar en sus mentes, algo que los emocione y les permita volar brevemente de esta vida de adultos a lugares que nunca han imaginado.

¿Cómo no contarles a ellos que con mis grandes amigos recorrimos un desierto cubierto de hielo?, ¿Cómo no emocionarte cuando te piden que les cuentes otra historia?,

¿Cómo dejarlos?…

 

La madre de Agap no para de darme camel milk -¿qué querrá decirme?-, nos preguntaba si teníamos hijos (¡obvio!), ¿Por qué no estábamos casados? (obvio), ¿Por qué no teníamos hijos? (obvio!). Cada una de las respuestas eran traducidas por Agap ya que su madre, al igual que Virginia, no hablaba nada de inglés, pero su gentileza y cariño sobrepasaba cualquier barrera lingüística.

Mientras los niños se entretenían escuchando música en mi Ipod conversaba con el padre de Agap sobre lo que significó para ellos dejar sus milenarias tierras en Petra y mudarse a la Villa que construyó el Gobierno jordano para ellos, según me cuenta, para él fue fantástico tener una casa con todas las comodidades, un supermercado con precios preferenciales para ellos, la posibilidad de pastorear y hacer negocios libremente dentro de Petra. Básicamente les mejoró la vida, aunque a mi amigo Agap y a mí, no nos haga mucha gracia. Los beduinos en general están conformes con su gobierno, se han ido adaptando a los tiempos modernos sin dejar de lado su riquísimo patrimonio cultural.

Es tarde, hora de las despedidas.

No me quiero ir.

De verdad no quiero, pero Virginia que es mañosa, no ha probado bocado desde la mañana por que no le gustan las cosas que le ofrecen y además tenemos que salir temprano mañana rumbo a Wadi Rum.

 

[ Uff!, no encuentro palabra alguna para dejar impreso en el papel el vendaval de emociones que han ocurrido en menos de cinco minutos ]

 

Lafey Suleiman Al Bedul, padre de Agap, me dijo algo más o menos así antes de partir: “Acá en Petra yo quisiera ser tu padre, siempre serás recibido como un hijo más, tendrás comida y jamás pagarás para entrar a Petra nuevamente, esta es tu casa”.

Y me fui a la mierda: “no lloraré, no lloraré, no lloraré por la chucha“, me repetía.

Al final cayó la gota y que mierda importa weón: la gratitud que sentía, la emoción…era infinita.

Agap, visiblemente emocionado, me contaba que sus papás de verdad querían adoptarnos, que él estaría feliz de tener un hermano “medio beduino”.

 

Lafey Suleiman Al Bedul, mi padre en Jordania, agarró mi Ipod pensando que era un teléfono móvil, escribió su número de teléfono y el de su hijo mayor, con la siguiente instrucción: “Sólo dile tu nombre y sabrá quién eres, yo contaré historia de ti” y me abrazó como haría un padre orgulloso a un hijo, se despidió de mí a la usanza árabe con tres besos en las mejillas.”Gracias papá”, le respondí y él emocionado hasta las lágrimas llevó su mano a su corazón y se inclinó agradecido de Allah por el encuentro. Un abrazo igualmente apretado recibí de “mi mamá”, lo único que atinaba era a decir shukran, shukran, shukran por toda su gentileza.

 

/Shukran/ árabe para: gracias.

 

Antes de dejar la cueva, me dieron una botella de camel milk, “Para que se la lleves a tu gente”, replicó Agap al momento de salir de la cueva con nosotros. A esas alturas estábamos colmados de artesanías que los niños nos regalaron: “para la mamá, para el papá, para la amiga…”, mientras que mi amigo en la oscuridad, desataba a los burros que yacían en ese desierto estrellado que nos despedía de nuestra más hermosa historia en lo que llevamos de aventura.

 

[ Agap y su hermano pequeño nos acompañarán a la villa beduina y desde ahí veré como regresar a la hostal ]

 

Antes de montar el burro, Agap se adelanta y me dice que sus papás estaban tan contentos, que nunca habían recibido gente como nosotros, sencillos. Que la razón que lo motivó a él a invitarnos a su casa jamás pasó por la camiseta que le regalé, pasó porque él vio lo mismo que vieron sus padres con nosotros, gente como ellos.

Y en la complicidad de la noche lloré. ¡No puedo creer lo afortunado que soy por la chucha! Recorrer la mitad del mundo en busca de cosas que cada vez cuesta más encontrar en el día a día, es algo que me divide internamente, pero ¿qué más da?, vivo para esto, vivo para emocionarme con lo simple, con lo honesto, vivo para seguir aprendiendo, viajo para seguir viviendo.

La villa beduina no tiene nada de especial, salvo que aloja beduinos -pfff-, es un complejo habitacional sencillo que tiene un par de minimarkets que, como mencioné antes, tiene precios preferenciales para ellos. Agap nuevamente nos sorprende: al momento de pagar por un jugo de litro y unos paquetes de galletas para el viaje de mañana, se adelanta y paga por mí, ¡pero weón! Con un árabe eso es pelea perdida y no quedó más remedio que aceptar el nuevo regalo.

Una última parada antes de partir nos llevó a conocer la casa de los padres de Agap, contaba con un antejardín espacioso, en su centro tiene una mancha de ceniza que acusa el fogón donde se reúnen los amigos y parientes, la casa tiene tres pisos y un baño asiático, ese donde cagas en “cuclillas”. Hay algo importante que mencionar de la institución de hacer caca en esos baños que no recuerdo haber tocado en mi crónica por Nepal. Pasa que la posición en “cuclillas” permite el transito perfectamente vertical de toda la mierda acumulada en los intestinos, esto es particularmente ventajoso si no quieres cortar el mojón antes de tiempo y quedar con el muchacho haciendo arte en los calzoncillos. Del papel higiénico ni hablar, acá te limpias la raja echándote agua con la mano izquierda, con ello te aseguras que no quede ningún rastro que pueda solidificarse con el paso del tiempo y generarte más de algún incómodo momento. En la habitación más alta nos quedamos compartiendo el té, a la usanza japonesa, la limpieza del espacio en las habitaciones árabes es fundamental y el lugar se convierte de pieza a living en un abrir y cerrar de ojos.

 

[ Agap recién se acaba de sacar la camiseta de la “U” ]

 

Un nuevo participante se nos suma a la tertulia, Agap llamó a su mejor amigo para que nos conociera, amigo del cual -como pueden imaginar- no recuerdo el nombre. Tratar de cambiar el mundo con un par de beduinos locos es algo que no se hace todos los días. Me hablan de su deserción escolar y me agradecen el hecho de no cuestionar su decisión, “half beduin open mind” me pusieron ahora y es “lógico” pensar que cuando eres un animal de la tierra, no hay mejor escuela que la de la calle. Pasa que la riqueza cultural de los pueblos nómades es hermosamente simple, saben cómo faenar un animal, saben dónde y cómo prender un fuego, dónde es mejor llevar a los animales, cómo no cagarse de calor o frío. Y todo eso, por simple y utilitario que parezca, también es conocimiento. Probablemente un erudito capitalino acá en medio del desierto y solo, se muera; Un beduino en una oficina, también. A menudo pienso en los pendejos de hoy pegados al computador, incapaces de generar relaciones con seres de carne y hueso, o de superar la enquistada intolerancia a la frustración que los aqueja: a algunos les falta calle y la escuela no te enseña a solucionar los problemas como un hombre, no te habla del honor y la lealtad, solo te convierte en una herramienta destinada a producir en competencia, pero que no te prepara para soportar la derrota. Así pasamos el resto de la noche, hablando de la educación y de los padres, hasta el despreciable momento del adiós.

 

[ Agap nos llevó donde un primo que tenía una camioneta, su nombre es Alei y gentilmente nos llevó de vuelta al hostal ]

 

Mi hermano beduino, Agap, nos despidió pensando en un futuro reencuentro y así se lo prometí, me ha regalado uno de los días más felices de mi vida, un día que recordaré siempre como el choque de dos trenes a máxima velocidad. Porque así somos los dos, más intensos que la mierda para disfrutar lo que nos queda de tiempo acá.

Uno de esos trenes, no volverá siendo el mismo a Santiago.

El mundo árabe me golpeó fuerte desde que pisé suelo jordano, el mundo de los beduinos me cambió, quizás después de todo… sí soy “medio beduino”.

 

Siguiente capítulo, Códigos de honor.