Capítulo 1; Nos vamos!

Aeropuerto Arturo Merino Benitez.

Santiago, Chile.

“Señor Ud. corre el riesgo de perder el vuelo, se lo advertimos”.

Inoportuno y novato error. Cargamos las tuercas de gas en el equipaje de bodega tras leer un ambiguo mensaje en LAN.com que hacía referencia al transporte de cilindros de gas vacíos. Nuestro imprudente ímpetu y por qué no, también una cuota de amateurismo, nos hizo desestimar las advertencias del personal de LAN y mandar al avión, etiquetado y todo, un bolso gigante con tres miserables tuercas de gas y con todo nuestro equipo de montaña (arnés, raquetas, crampones, piolets, etc.). ¿Cuáles son los riesgos asociados?, algo relacionado con la presión, eventualmente podrían estallar. ¿Las consecuencias de nuestro error?; A.- Que nuestro equipaje no llegue a destino, B.- Que el personal del aeropuerto encuentre el bolso, saque el gas y abordar el siguiente vuelo a Buenos Aires, C.- Run Forest Run, encontrar rápido el bolso, apretar cuea y subirse al avión a como diese lugar. Alternativa escogida, la C.

Luego del mal rato -muy merecido por weones- y la incierta espera de que Gonzalo, quién debió quedarse a cargo del cagazo, lograra solucionar el tema y abordara a tiempo, nos dedicamos a matar la ansiedad comiendo.

Los astros finalmente se apiadaron de nuestra miseria y Gonzalo no solo solucionó el problema con el gas, si no que logró abordar el avión a tiempo. Un suspiro estéril y ya, ¿pasó lo peor ya?.

El trabajo, la presión y el estrés han quedado tras la asquerosa y grisácea cortina de smog que engalana nuestra tan ejemplar capital, Santiago nos despidió con su peor cara, aquella que habla de la estéril lucha contra la contaminación, la dejadez y el “jaguarizmo” indómito de un fin de semana de mall. A medida que el avión gana altura, vuelve aquel sentido de pertenencia que me embarga desde lo más profundo del alma, ese sentimiento poco práctico e idiotamente nómade de mantenerse siempre en movimiento, siempre hacia lo incierto y en esta ocasión, con mis amigos.

Extraña sensación es compartir un viaje, se me hace particularmente difícil la intimidad con mis libros, la música y mi libreta, es difícil reencontrarme en un contexto tan solemne para mí como lo es el viaje, el camino. Cuesta escribir, cuesta masticar y digerir cada instante en cada respiro, la felicidad es real cuando es compartida ¿no?.

La humedad deja pegajosa la ropa, las bolas y cuanta otra cosa de carne, se siente la cara tirante y lastimosamente grasienta, hemos llegado a Buenos Aires. Arribamos al Aeroparque y esperamos embarcarnos luego hacia el Calafate y luego en dirección a El Chaltén, desde ahí iniciaremos nuestro periplo por Campo de Hielo Sur, una aventura que se gestó hace aproximadamente seis meses atrás y que ha estado marcada por idas, vueltas, dulce y agraz.

Esta es la segunda historia que ve la luz públicamente, segunda historia de otras cinco más que andan dando vuelta en alguna mente intranquila o algún corazón rechoncho por la experiencia. Gonzalo hizo lo suyo con una gracia poética que emociona al mismo tiempo que impacta, Gonza puede llegar a esos recovecos oscuros de nuestra existencia y hacer hermosa poesía de ellos, gracias por eso hermano.

Amigos todos, con la esperanza de que esta crónica llegue a servir a alguien, les comparto mi aventura.

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Transcurría el mes de Julio -creo- y yo me encontraba trazando mi aventura por China, pretendía unir el Tibet con Shangai mochileando por el centro del gigante asiático. Debo reconocer que en primera instancia desistí de la invitación que Karina me hizo llegar para participar en la expedición al Circo de los Altares en Campo de Hielo Sur, desistí porque no me interesaba, desistí porque me gusta viajar solo, pero más importante aún, desistí porque no nos encontré preparados, con cuea algunos han hecho el Cerro El Plomo y se han puesto crampones.

Viajar en grupo siempre ha sido un tema, viajo solo porque ando con mis ritmos, con mis locuras e imbéciles patriadas por el globo, básicamente porque soy gestor de mi destino y de las decisiones que tomo para construir mi andar en la ruta, en grupo todo lo mencionado se amplifica por X cantidad de integrantes, es decir todo se vuelve nebuloso, un culo; decisiones por allá, indecisiones por acá, es como contratar un tour para recorrer el litoral central, o te armas de paciencia o te lanzas al melón con vino. La postura es egoísta y no me avergüenza expresarla, es uno de mis defectos, pero andar sin presiones, sin indecisiones y simplemente fluir con la ruta es algo que para mí no tiene precio y que defiendo a muerte.

En Agosto, Juanito, uno de mis mejores amigos, hizo tambalear mi estructura viajera golpeándome en lo más profundo, la amistad, y es que la familia y los amigos son lo más sagrado que tengo, por ellos me entrego por completo y aquello trasciende cualquier viaje egoísta en solitario, cualquier postura intolerante al moverse en “comunidad”, todo. Me permitiré replicar sus palabras con la inexactitud de quién olvida rápido las citas (mis disculpas por ello):

Weón, acompáñanos al Circo de los Altares

– Me voy a China.

¿Compraste el pasaje?

– No, la próxima semana lo compro.

Anímate, es con los amigos, te necesitamos. Además, quizás sea la última salida como grupo.

– Lo pensaré

Y claro que debía pensarlo, no tan arduamente por lo del viaje a China, eso puede esperar, debía pensarlo por el significado que tiene aceptar dicha invitación, de reconocer mi naturaleza proyectada en una expedición sin precedentes para un grupo de amigos con características tan heterogéneas y tan poca experiencia en terrenos complejos, inexperiencia de la que me hago completamente cargo, y claro… si yo me siento sin herramientas para emprender aquella empresa ¿qué quedará para ellos?, lo único que tengo es una voluntad de hierro y me temo que no estamos todos en igualdad de condiciones para enfrentar el desafío, ¿a quién se le ocurrió que esto era una buena idea?. Siempre confesé mis dudas acerca de este tan ambicioso proyecto, desde su génesis me pareció una patriada liderada más por la pasión y la ignorancia que por la razón, ciertamente ninguno contaba con las habilidades que requería la aventura y si, dudé mucho, sabía que de dar una respuesta favorable a las pretensiones de mis amigos no bastaría sólo con mi presencia, sino que, como es mi naturaleza, debería hacerme cargo de hartos asuntos relacionados a la expedición, digo esto con la mayor humildad posible, dejando atrás cualquier atisbo de delirio mesiánico que pueda contener este discurso, pero, a la luz de todas nuestras actividades, quién ha estado detrás de todo, convocando y planificando, ha sido quién ahora les escribe y tampoco es una pega tan dura, es trabajo que se hace con harto cariño por todos, aún a costa del escaso tiempo del que disponía. Además, entre Gonzalo y yo éramos quiénes más “experiencia” teníamos en nuestro incipiente andar montañero, toda experiencia que podía poner a los pies del equipo era traducida en la voluntad, en la fuerza y a simplemente hacer que las cosas funcionen. Decir que si a la invitación me privaría de mi viaje a China, pero me permitiría hacer todos los intentos posibles para sacar a mis amigos sanos y salvos de una durísima aventura.

Dije que sí.

Y nunca fue fácil decir que sí, me conozco mucho como para pretender siquiera dar el ancho con la planificación, entre el trabajo, la familia, un magíster en curso, el judo y la montaña había muy poco tiempo para dedicarle a una expedición de tan grueso calibre, nos adentramos forzosamente en un terreno desconocido para todos. Hay veces en que odio ese liderazgo natural que poseo, sería mucho más fácil sentarme a esperar que alguien hiciera las cosas por uno y sólo seguir la corriente, pero no puedo, no soy así y no puedo esperar a que aparezca un salvador y se ocupe de todo, podría ser demasiado tarde.

En la tarea que supone la planificación, me encomendé ciegamente a descansar parte de las responsabilidades en mis dos grandes amigos, Karina y Gonzalo, la primera en ser nombrada, como muchos saben, es mi cordada en la montaña, Karina es una mujer extraordinaria, fuerte y muy tenaz -más porfiada que la mierda-, reconozco en ella a un igual y compartimos códigos similares, cosa que nos hace complementarnos muy bien en el cerro -más no en la ciudad-, a ella le correspondería organizar el botiquín, encargarse de los primeros auxilios y tomar un curso de especialización en nieve junto a todo el resto del equipo, que en ese entonces era conformado por Juanito, Pauli, Rodo, Marce, Karina, Pato, Gonzalo y quién les escribe.

Gonzalo por su parte, es totalmente opuesto a mí, nuestras diferencias son de personalidad y también técnicas, mientras yo grito, gesticulo y me voy de un lado para otro, él contempla, me llama a la calma y tiene mucho más dominio con técnicas de montaña. Con el paso del tiempo se ha convertido en un hermano, él es más introvertido y desborda una inteligencia emocional impresionante, ama los mapas, los libros de montaña, los gps y cuanta cosa esté involucrada con la logística de una aventura en el cerro. Gonza es de esos tipos que se saben casi todos los detalles históricos de los lugares que visitamos, desde el por qué de su nombre, las ascensiones importantes, los relatos, etc. Es una biblioteca de datos y mi indiscutible mano derecha en este desafío. Con el paso del tiempo, Gonzalo demostraría muchas extraordinarias habilidades por las que estoy eternamente agradecido.

A Juanito lo conocí en una increíble aventura recorriendo los salvajes e inhóspitos senderos de Puerto Williams, en el extremo más austral de nuestro país, congeniamos muy bien y se adaptó increíblemente bien al grupo de amigos, él y Pauli, su pareja, se encargarían del alojamiento en El Chaltén y de la alimentación.

Si bien ellos forman la cordada más débil en términos físicos y técnicos, el gran valor que ostentan radica en la habilidad que tiene Juanito para sacarnos una sonrisa o compartir una buena conversación, de esas que unen y estrechan los vínculos de la amistad, puedo sin dudas considerar a Juanito como otro hermano más.

Rodo y Marce participaron en la parte inicial de nuestra planificación, ambos son una pareja envidiable, parecen siameses, se contienen y apoyan. Suplen sus escasos conocimientos técnicos con una resistencia encomiable. R y M tomaron la sensata decisión de bajarse del proyecto al considerar sus propios límites.

Pato es la pareja de Karina, es un tipo llano, noble, prácticamente un santo -para estar con la Karina debe serlo-, Pato lo que no sabe de montaña lo sabe de bicicleta, es una persona con mucha fortaleza física y con una disposición a ayudar que se valorará siempre.

Finalmente se nos unió un último integrante, Sergio. Es amigo de Juanito y es quién más experiencia en montaña tiene, es psicólogo deportivo de profesión y sin duda será el indicado para buscar apoyo y consejo para la expedición. Lamentablemente no pudimos contar con su presencia hasta antes de partir a El Chaltén. A veces pienso que nosotros fuimos unos simios de prueba con los que Sergio probará alguna teoría ligada al deporte de montaña y su particular fauna.

De la Aventura

El Circo de los Altares es una travesía que tiene su inicio en la localidad argentina de El Chaltén, consiste en un rodeo a Campo de hielo Sur y que tiene una duración aproximada de seis días recorriendo casi 80km en terreno rocoso, nieve y hielo; digo aproximada por que las inclemencias del clima pueden hacer extender significativamente las jornadas o hacer fracasar la expedición. Campo de Hielo Sur es un terreno hostil, plagado de los peligros más comunes en montaña invernal; grietas, glaciares, deslizamientos, frío y mucho viento serán nuestros acompañantes en esta expedición. Estas condiciones requieren habilidades básicas de escalada en roca, travesía encordados por nieve y glaciar, rescate en grietas y unos cojones del porte de una casa. Habilidades que no teníamos y huevos bastante cuestionables en ese momento.

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Capítulo 2; Tolerancia.

De la preparación

Creo haberme subido al carro de la aventura en el mes de agosto, principios de septiembre si mi alzheimer no me jode. El tiempo corre a pasos veloces y los chicos ya tenían su nivelación en el curso de nieve dictado por Tamara Muñoz, instructora de la Escuela Nacional de Montaña ENAM. Gonza y yo al tener un poco más de experiencia en nieve nos lanzamos un paso más allá y nos apuntamos en el curso de Progresión en nieve y hielo dictado por el español Eduardo Mondragón. El curso era un intensivo que tenía lugar en la reserva Mocho-Choshuenco en la Región de los Ríos. Ahí conocimos a Erwin, Juan Carlos y Ángela, tipos de una calidad humana increíble y con quiénes generamos un lazo de amistad muy honesta y que espero seguir haciendo crecer con el tiempo, como una férrea erección matutina.

Finalizado el intensivo era hora de compartir el conocimiento con el resto del equipo. Con Gonza diseñamos un calendario de actividades que nunca seguimos al pie de la letra, pero que sin embargo, nos permitió de igual forma compartir nuestros nuevos conocimientos. Lamentablemente nunca pudimos contar con el equipo completo y la entrega de la información se fracturó un tanto. Difícil fue entonces lograr que todos nos acompañaran y más difícil aún fue la asimilación de todas las nuevas técnicas aprendidas por parte de los muchachos.

El conocimiento indudablemente debe ser aplicado en terreno, buscamos un fin de semana con la peor condición climática para realizar un intento extremo al Cerro Leonera. Desde ese momento asumí en mi cabezota que debíamos mentalizarnos en que todos los días de nuestra aventura en el hielo estaríamos sometidos a lo peor de lo peor y simplemente nos lanzamos un sábado de tormenta para lograr determinar en qué condiciones se encontraba el equipo ante el evento adverso del mal tiempo, cómo se comportaban con la incertidumbre, para así tratar de mejorar aquellos puntos más flacos. Aquél eslabón lo conformaron Juanito y Pauli, quiénes no aguantando el clima y un impedimento físico, desistieron y dieron un paso al costado devolviéndose y con ello fracturando al equipo. ¿Reaccionarán así a la primera dificultad que experimenten en la Patagonia?, ¿Podrán mejorar el físico en lo poco que queda de tiempo?. Desde aquel momento nuestra preocupación se centró en ellos y buscamos alguna estéril forma de motivación para mejorar un poco sus condiciones, nunca ocurrió.

El tiempo avanzaba y nosotros no, quedaban pocas opciones de práctica y ante aquel nuevo escenario dispusimos prácticas en parques con el fin de no movilizar tantos recursos en viajes a la cordillera en un contexto marcado por la poca internalización de la técnica requerida para el armado de un polipasto que sirve para el rescate en grietas o un simple encordamiento para progresar en glaciar. La medida fue apropiada y logramos contar con la mayoría del equipo, el tiempo seguía con su guiño de mierda, estábamos a menos de un mes de la partida.

Últimos detalles

Queda menos de un mes para partir y Juanito nos avisa que no se la puede con el tema de la alimentación, la falta de tiempo y quizás que otros factores habrán determinado aquello. Con algo de molestia organizamos una reunión relámpago con Gonzalo y Karina, luego de un par de horas teníamos menú, lugares para cotizar comida liofilizada (poco peso) y un calendario que debíamos cumplir. Por mi parte me comprometí con el tema de las comunicaciones cotizando y comparando los mejores equipos para comunicarnos en caso de una eventual complicación en el hielo. Me decidí finalmente por una radio VHF, en parte porque su precio y prestaciones técnicas eran lo suficientemente buenas para la adquisición permanente en favor de nuestro grupo y porque las comunicaciones en El Chaltén serían fluidas debido a algunas repetidoras apostadas en la ruta.

Pato y Pauli compraron las raciones de comida liofilizada que nos dan ocho raciones por nuca, cantidad que no era capaz de satisfacer las energías que uno gasta haciendo montaña y que por lo tanto nos obligan a llevar raciones de marcha que complementen a las comidas. La suerte llamó a nuestra puerta cuando mi anciano padre consiguió raciones de comida de los militares con un “amigo”, gracias viejo.

Los dados están echados, estamos a una semana.

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De El Chaltén

Amor a primera vista, El Chaltén es de aquellos lugares mágicos que, sin la pretensión de otras ciudades similares, te atrapa, te embruja y finalmente te enamora. La ciudad no alberga fastuosidad alguna, no puede…no debe, ya que son suficientemente grandiosos los colosos de roca que la rodean y que son capaces de armonizar con el mate, el cortaviento, el jeep y el cerro. Un lugar al que las garras del capitalismo urbanístico aún no ha alcanzado, la belleza de este lugar se mantiene incólume entre el ladrar de sus perros y el cancino andar de sus habitantes. En el Chaltén, converge todo lo que es sagrado para un amante de la montaña, la calidad humana de sus gentes desborda con gracia y honestidad sobre las pocas calles que tiene el pueblo, es definitivamente el punto de encuentro de todos quienes amamos esto, desde el trekkero novato ocupando sus bastones en el asfalto, hasta las más grandes glorias de la escalada mundial. El Chaltén es un buen lugar para morir.

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1 de Febrero 2014

El Chaltén, Argentina.

Cansados y con mucho sueño llegamos al pueblo. Sergio nos espera, creo que esta es la segunda o tercera vez que lo veo en casi seis meses.

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Me sigo sintiendo raro entre tantos pa aca’s y pa’ allás. Me canso, me abstraigo y no participo, sólo observo y mientras más lo hago más frustrado estoy, necesito un poco de paz, sentarme un rato a mirar el cerro y que nadie me pregunte si me pasa algo. Tolerancia hombre, tolerancia.

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La cabaña es grande y muy equipada, excesiva para mi gusto, pero claro, lo dice un picante mochilero que pone su saco y su carpa en cualquier parte. Aun así se agradece llegar a un lugar espacioso, con ducha y colchón…

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Tolerancia hombre, tolerancia.

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Pasamos a hacer el papeleo a el Parque Nacional los Glaciares y a Gendarmería Argentina, es necesario para la aventura porque necesitamos un timbre que acredite nuestra salida en caso de encontrarnos con alguna patrulla chilena, y terminando la aventura, necesitamos otro timbre de entrada al vecino país. Me voy con las frecuencias de radio de ambos lugares, pruebo la frecuencia de la defensa civil y está todo OK.

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Capítulo 3; Aventura!.

3 de Febrero 2014

Día de Expedición Nº1 / De El Chaltén a la Playita

El Chaltén, Argentina.

La van nos pasó a buscar tipo 9:00hrs, cual rockstar del empedrado. Un tipo moreno, bajo y monosílabo recogió y cargó cada uno de nuestros bultos, mi mochila, de ahora en adelante “La Yegua”, con cuerda y todo debe andar rondando los 33kg de peso, la mochila de Sergio y Pato deben andar por ese peso también, será duro esto.

La van recorrió lentamente -como río de caca- los 5 y pico kilómetros que nos separaban del pueblo al inicio de nuestro periplo patagónico. El comienzo de la aventura estuvo marcada por un gélido viento y una intermitente llovizna que amainaba al adentrarnos a la ruta entre bosques hermosos, como de cuento.

Cargamos 2 largos de cuerda (60m x2) que pesan alrededor de 3 kilos cada una aproximadamente, nos turnábamos la carga tras una hora de caminata marcada por el que iba en la vanguardia y descansábamos entre 5 a 10 minutos en cada break.

Nuestro primer objetivo era llegar a Piedra del Fraile, un refugio custodiado cada 6 meses por jóvenes voluntarios de El Chaltén, nuestros anfitriones fueron una joven pareja junto a su pequeño bebé que, al vernos llegar, no dudaron en ofrecernos un té caliente.

Poco a poco empezaron a llegar los miembros del equipo, mientras con Gonzalo hablábamos con un guía local que nos miró a huevo -no lo culpo-.

“¿Dónde van chicos?”

– a dar la vuelta al hielo (así llaman los argentinos a la travesía del circo de los altares)

“Ah….suerte eh!”

Es tiempo de partir, salimos a cargar nuestras mochilas y el tiempo en que se demoró el equipo en estar listo me dio tiempo para conversar con una mina polaca que andaba sola en esos lares y para conocer a un nuevo amigo, Antoine (antuan), un bicho rarísimo que encontramos husmeando en nuestras cosas, tenía un aspecto fiero ya que su cuerpo estaba lleno de cachos o antenas (por eso su nombre, antuan, viene por las antenas, el toque franchute es solo para darle glamour), en un momento de hostigamiento por parte mía, Antoine saco no sé de donde alas y voló al hombro de Gonzalo quién, con un masculino alarido, salió corriendo hacia otra parte, Antoine wins.

De vuelta a la ruta, la lluvia comenzó a arreciar con mayor fuerza mientras transitábamos por una ladera que debíamos remontar escalando y desescalando entre piedras muy grandes, la dificultad radicó en que las rocas comenzaron a ponerse “jabonosas”, es decir, mojadas y muy peligrosas para su tránsito a causa de la lluvia, que ahora, no se detuvo hasta bien avanzada la jornada. La marcha era lenta y estrenaste, había mucha distancia entre nosotros y esperar a los demás bajo el chaparrón no era la mejor opción. Quiénes estábamos en la vanguardia seguimos avanzando, ahora por unos maravillosos farellones de roca, cuyos cantos redondeados podrían representar una dificultad para un pie desconcentrado en un terreno tan húmedo.

Tras cinco horas de caminata, arribamos a nuestro lugar de campamento en “La Playita”, banco de arena con pircas de roca y un muro de piedra en su parte posterior que servía para protegernos del inclemente viento patagónico que afortunadamente aún no se manifestaba. Sigue lloviendo y las caras abatidas de los muchachos comenzaban a llegar lentamente a destino, como las hojas en pleno otoño, descoloridas y desamparadas que reflejaban el estrés y la complejidad de las dos últimas horas de marcha.

En el campamento reina la tranquilidad, casi no llueve así que nos ponemos a conversar animosamente con un guía local, consultamos la ruta, las predicciones meteorológicas y era menester hacerlo ya que no existe mucha información veraz y confiable de esta travesía, cada persona que veíamos era prácticamente asaltada por nuestra curiosidad, mientras más datos tengamos mejor.

El “confort” que entrega la carpa y el saco tras la llegada a campamento suscita las más entretenidas, comunes y ordinarias conversaciones de montaña, nuestro campamento en La Playita fue testigo del nacimiento de un montón de sinónimos para la internacionalmente conocida “Corona de Montaña”, un indicativo de la condición paupérrima de nuestro miembro viril tras una travesía de días caminando y donde la higiene tiene menos significado que la gaviota del festival de viña. Nacieron así la Bufanda de Cóndor, la Bufanda de Sherpa y un montón de otros sinónimos que dejaré para otra oportunidad, el clima estaba bien, el chaparrón pasó y no advertía fisuras en la moral del equipo aún.

Al rato un par de argentinos llegaban abatidos desde el sendero que debíamos remontar mañana, intentaron subir el Cerro Gorra Blanca pero les fue imposible subir al Paso Marconi, durante dos días estuvieron acampando en una especie de “plateou” a la espera de una ventana de buen tiempo. Preguntamos si aquel lugar correspondía al Campamento Serac, que figuraba en nuestro mapa. La cara de los argentinos tras la pregunta nos llenó de incertidumbre, no tenían idea de que hubiese un campamento en aquel lugar y menos de la existencia de alguna miserable pirca para protegerse del viento, nadie conoce el Campamento Serac.

El primer día de nuestra aventura concluyó con una liofilizada de Pasta Alfredo que a posteriori sería conocida como el “churrete de Alfredo”, y una partida de ajedrez con mi partner de expedición, Gonzalo, quién se dio la paja de enseñarme a jugar. Sin duda este fue un momento muy feliz para mí, hace muchísimo tiempo tenía ganas de aprender. Gracias weón!

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Capítulo 4; Felicidad.

4 de Febrero 2014

Día de Expedición Nº2 / De La Playita a Refugio Eduardo García Soto NO Campamento Serac

El Chaltén, Argentina.

El plan consistía en marchar a las 8:00hrs rumbo al Refugio Eduardo García Soto más conocido como el refugio del Gorra Blanca, unas siete horas de camino nos separaban de él pero una lluvia retrasó nuestra partida obligándonos a partir a las 10:00hrs no sin antes invocar al churrete del Alfredo liofilizado.

El nuevo día no cambió mucho del anterior, la lluvia seguía siendo intermitente y algunos alaridos del viento nos acompañaron en nuestro primer cruce de río, sencillo y ni siquiera ocupamos las chalas. Tras un par de horas entre senderos predregosos nos enfrentamos a nuestro primer gran reto del día, montarnos al Glaciar Marconi.

La ruta no estaba exenta de complicaciones, de hecho ningún momento en lo que llevamos de recorrido ha sido sencillo. El peso de las mochilas hace la marcha lenta e incluso aumenta el riesgo al no tener el control completo de nuestro cuerpo en caso de algún paso mal dado, en ocasiones me apoyé en Gonza para que me tirara hacia arriba en aquellos lugares donde mis largas piernas no pudieron cumplir su trabajo, “como pesa la Yegua por la mierda”.

Arriba del glaciar, tras haber dado con la ruta correcta nos pusimos los crampones sin saber cómo continuaba la ruta, decidí liberarme de la Yegua para encontrar el paso apropiado para todos y sentí por fin la felicidad que buscaba en esta aventura, al fin sobre el hielo me siento vivo, la carga pasa… la lentitud del equipo pasa…. sólo soy yo arriba del hielo buscando el rumbo seguro para los muchachos, pierdo el sentido del tiempo en mi pequeño oasis atemporal y me devuelvo con una sonrisa gigante a avisar que encontré la ruta correcta, pertenezco a las montañas, amo el hielo por la chucha!.

La carga y la lentitud como mencioné dejaron de ser factor, el clima se mantenía benévolo y saltar las grietas, abrir la ruta y avanzar era lo mío, me perdí con ese ímpetu de mierda que tienen los caballos cuando les ponen las orejeras y sólo piensan en avanzar, avisé a Gonza de la ruta que iba a tomar ya que dar salto tras salto entre las grietas era entrete pero no muy práctico para avanzar y me perdí, caminé y caminé hasta salir de ese azulado laberinto, tan peligroso pero al mismo tiempo tan bello. Di rienda suelta a mi incontrolable felicidad sobre aquel gélido manto azul. A mi izquierda el Cerro Marconi, que escupía de vez en cuando una avalancha de seracs que retumbaban fuertemente en su caída, frente a mí, la salida al Paso Marconi, una pared de roca glacial ( pulida y redondeada) de no muy inclinada pendiente que debíamos remontar para llegar al paso y tras eso al refugio, el día sigue auspicioso, las nubes apenas se ven atravesadas por un sol que calienta menos que la democracia cristiana pero que alumbra, motiva y nos insta a seguir luchando contra el hielo y el agotamiento.

Una vez fuera del Glaciar, el clima comenzó a cambiar repentinamente, bajó la temperatura y el viento patagónico comenzó su inesperado show, me vi entonces ante la disyuntiva de buscar la ruta hacia el Paso Marconi o un lugar para acampar, se suponía que el Campamento Serac estaría cercano a mi ubicación actual, el equipo viene muy agotado y quizás algo nervioso por las constantes grietas.

Finalmente hice las dos cosas, dejé a la Yegua en el camino y partí raudo a inspeccionar el paso de rocas, según el guía que vimos ayer la piedra estaba equipada con algunas chapas para ascender o descender vía rapel, chapas que nunca encontré. Acto seguido, fui a la búsqueda de un lugar para acampar, insisto, el Campamento Serac debía estar por acá en algún puto lado pero no vi rastro alguno de instalación, pirca o plano apropiado para montar la carpa, miraba mi waypoint en el gps y nada, nada de nada. Era el hielo, la caída de piedras, la caída de seracs y yo.

El grupo llegó cansado y mientras examinábamos la ruta decidimos hacer un campamento de emergencia en el NO Campamento Serac, la meteorología cambió y nos golpeaba en lo más profundo de la voluntad por medio de ráfagas que nos impedían armar apropiadamente las pircas y posteriormente las carpas.

Pasamos así la noche en el NO Campamento Serac, en un lugar inverosímil para montar un campamento pero así mismo el único sitio más seguro para hacerlo bajo el bombardeo inmisericorde de un vendaval que no nos dio tregua sino hasta el día siguiente.

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Capítulo 5; Movimiento.

5 de Febrero 2014

Día de Expedición Nº3 / NO Campamento Serac

El Chaltén, Argentina.

Nuestra fortaleza mental iba a ser puesta a prueba reiteradas ocasiones durante en esta aventura y está, sin duda, era la primera de muchas batallas que libraríamos en lo que dure nuestra expedición. El viento nos golpeó fuerte torciendo nuestras carpas y también nuestros espíritus, un vendaval que nunca dio cuartel nos atacó con una fuerza impresionante, sin descanso. Por momentos creímos que, luego de que se rompiese una vara de la carpa, los siguientes en quebrarnos seríamos nosotros, pero no fue así, las tres carpas aguantaron estoicamente todo lo que nos lanzó la montaña y para hacer más apocalíptico el cuadro, cada cierto rato caían avalanchas de seracs que retumbaban en el hielo, estamos relativamente a resguardo del lugar en donde caen las avalanchas, que pasaría si…

El tema es que nunca pudimos salir ese día, el clima nos dio como caja, así que no nos quedó más remedio que permanecer en las carpas. Las cordadas se distribuyeron de la siguiente forma: Karina y Pato en una Doite Everest ; Sergio, Juanito y Pauli en una Ferrino Snowbound, mientras que Gonzalo y yo compartíamos risas, ajedrez y peos en mi MSR Asgard, “La Leonera Vikinga”.

Pasamos así el día conversando, durmiendo, esbozando planes de gloria o justificaciones para una derrota que hacía zozobrar el ánimo de Gonza. Cada cierto rato mirábamos afuera y el hostil escenario que acontecía no tenía ganas siquiera de darnos un poco de paz. Recibimos la visita de Juanito a la carpa -gracias por ese momento weón, gracias- para discutir de tarros, volantines y otras yerbas…Gonzalo aprovecha el momento y nos confiesa el sueño más surrealista que alguna vez haya escuchado, pasa que mi compadre conducía un camión grande que, increíblemente se vuelca de trompa a cola, es decir… al revés de los cristianos, aplastando con su peso a una vieja que no murió con el impacto y que fue socorrida en el acto por un cura vegetariano que trabajaba en un supermercado…

Eran cerca de las 20:00hrs, estaba realmente chato, me quedaban menos de 20 páginas para terminar “Caminos Invisibles”, el libro que me llevé. Es el tercer libro de un tipazo llamado Juan Pablo Villarino. Me encontraba vagando -como siempre- por una librería antigua -como siempre- y encontré escondido en un rincón inexplorado, incluso para los dependientes de la tienda, el libro “Vagabundeando en el eje del mal”, libro que relata la crónica del viaje de Juan por Turquía, Siria, Irak, Irán, Egipto y Afganistán. Me pasa que no me puedo sentir tan a gusto, tan comprendido y motivado cuando leo a cualquier personaje que comparte los sueños que ha realizado a otras personas, cuando leo a alguno de mis nómadas colegas me siento tan completo y sólo tengo palabras de agradecimiento para tan aguerridos amantes del camino. He acompañado a Juan a través de sus tres libros y este último lo esperé con mucha ilusión y por cierto algunas uñas menos, ya que el libro llegó a mis manos, un día antes de partir a Campo de Hielo, gracias a la buena voluntad de mi amado hermano pequeño, Pablo. La expectación por esta nueva entrega venía dada por el original formato y el vuelco misterioso en la vida de este nómade argentino que encontró el amor, como lo cuentan en las películas. ¿Me pregunto si me tocará algún día a mí también?.

Los libros de viajeros son una navaja, pueden cortarte o matarte si profundizas pero nunca quedarás indiferente, llegan a tocar tu fibra, una fibra que puede gozar de dichosa plenitud o que puede hoy, estar lamentando haber dejado para después lo que era menester hacer hoy, los libros de viajeros son una invitación abierta y sin intermediarios a disfrutar la vida tal y como es, sin formalismos ni concesiones, sin corbata ni mocasines. Gracias a Laura y a Juan por dejarme entrar en sus vidas y además por tachar mi mapa a las Guyanas y Surinam como destinos probables para próximas aventuras.

He leído todo el día, así que me puse mis pilchas y me encaminé fuera de la carpa, mi intención era moverme, odio lo estático y no encontré mejor forma para combatir aquello que mejorar y fortificar las pircas que escuetamente nos defendían del implacable viento, al rato se me sumó Pato, Karina y Juanito… Gonza nunca salió.

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Capítulo 6; Derrota.

6 de Febrero 2014

Día de Expedición Nº4 / NO Campamento Serac, otra derrota.

El Chaltén, Argentina.

Nuevamente el viento no nos dejó dormir durante la noche, llegado el alba amainó un instante y aprovechamos de desarmar el campamento y a intentar el ascenso de la pared rocosa en un lugar que Gonzalo había inspeccionado previamente. El camino ascendía por escarpadas piedras hasta un balcón que era cruzado por una cascada, que días atrás, no existía. La opción de Gonza consistió en trepar y preparar algunos anclajes para subir, pero el resultado no fue el esperado, una copiosa lluvia empapó todo, incluso las radios que eran el único medio del que disponía para comunicarme con el Gonza que a esas alturas lo habíamos perdido de vista y que luego nos comentaría de una fuerte caída que tuvo arriba. Preocupación por mil, ansiedad, incertidumbre… Karina se desespera, desesperando con sus alaridos al resto, la situación no pinta bien y tras una angustiosa espera, Gonzalo volvió con nosotros con malas noticias, no se podía pasar por ahí.

Empapados retomamos la marcha, derrotados, con una desazón creciendo en nuestro interior, hasta que por obra y gracia del destino, con Juanito damos con la primera de las chapas que nos permitirían salir de tan fatídico lugar, era nuestra última chance, pero con el creciente mal tiempo y el equipo quebrado decidimos esperar hasta mañana.

El Campamento Serac es uno de los lugares más hostiles en los que he montado un campamento, hemos tenido que usar los tornillos de hielo para fijar las carpas al glaciar, sí, estamos acampando sobre el hielo. Hacia el norte tenemos una ladera en la que encontramos un montón de rocas que se ven a punto de caer pero no, estaban bastante adosadas al terreno. Por el oeste el Cerro Marconi que constantemente nos escupía avalanchas de seracs; en el noroeste la indocumentada escalada de piedras hacia el Paso Marconi y al sur este y este las grietas abominables del Glaciar Marconi. Acampamos en el lugar menos malo entre toda esa maldad y aun así, el peligro de aquel fuego cruzado era problemático, para más remate el viento que se desviaba de campo de hielo hacia los valles pasaba inevitablemente por el Paso Marconi, azotándonos con toda su furia durante horas y horas sin tregua alguna, incluso durante la noche cortó un broche de la carpa el que tuve que coser con mucha dificultad.

Rodrigo Fica en “Bajo la marca de la ira”, bautizo a este viento como Shenu, sus dimes y diretes con el rey de la Patagonia también fueron recurrentes en esta aventura para mí, le odié, le amé e incluso por momentos lo desafié. Nuestra relación de amor y odio duraría hasta el final de esta aventura.

Me encuentro bien, entero, tengo toda la fé de que mañana saldremos de nuestra miseria de una vez por todas, retroceder no es una palabra que forme parte de mi diccionario, me preocupa el ánimo de Gonzalo y me complica el no llevar a Juanito con felicidad a ver el Circo de los Altares. Con el correr del tiempo se develará aquella nimia complicidad entre ambos.

El viento ataca otra vez.

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Capítulo 7; No somos nada.

7 de Febrero 2014

Día de Expedición Nº5 / NO Campamento Serac – Refugio Gorra Blanca

El Chaltén, Argentina – Campo de Hielo Sur, Chile.

“A matar o morir weón, si no subimos nos devolvemos!”. Al ritmo del “Last Dance” dimos vida a “Last Chance”, la risa y el jugo fue el motor de nuestra cordada, si Gonzalo se encontraba bajo, yo lo levantaba con tallas miserablemente burdas y viceversa, nos comunicamos bien y nada, es mi hermano acá y como tal es mi deber protegerlo.Gonzalo además es mi brazo derecho y posee conocimientos con la cuerda que yo no tengo depurados, es vital su participación en esta locura.

Sin desayuno y buen tiempo salimos a contrarreloj, solos Gonza y yo, con dos largos de cuerda, a equipar la ruta de salida por las chapas. Con la cascada claramente disminuida, dimos con un guía local que ascendía por las rocas indicándonos la ruta exacta y la ubicación de cada una de las chapas a lo largo del muro de roca, “al fin las cosas mejoran”. Instalamos un pasamano que incluso sirvió para que otras expediciones que venían regresando pudiesen hacerse con esta instalación, volvimos con el equipo a desarmar el campamento con una lentitud que francamente me indignaba, estábamos contra el tiempo y era nuestra última oportunidad, nuestra particular “Last Chance”.

A cuestas con nuestras mochilas, cruzamos el pasamano. La cascada creció y la progresión fue mucho más compleja. Gonza por su parte toma la vanguardia equipando el resto de las chapas, este weón es a la roca lo que yo soy al hielo y lo que un mono es a una banana o el manjar al panqueque o el choclo a la caca. El hombre rebosa de una felicidad inmensa sobre las piedras, felicidad que no sé si es parte de nuestra pequeña posibilidad de éxito o porque realmente es feliz en las piedras, despliega una habilidad impresionante con las cuerdas, seguros y nudos. Gonzalo nos condujo sin sobresaltos por todo el recorrido y finalmente lo logramos, salimos del gélido averno que significó Serac para nosotros, el primer gran reto de muchos que vendrían en el camino era al fin superado gracias a la habilidad de Gonza.

Fuera de las putas piedras, era el momento de encordarse, crampones, casco, piolet… nos vamos por el hielo al Paso Marconi -hielo, felicidad para mi ahora- divididos en dos cordadas; la primera la forman Juanito, Pauli, Sergio y Gonzalo; la segunda Karina , Pato y yo.

La razón de esta configuración tenía su explicación en el carácter y el despliegue físico de cada participante, mi cordada mucho más física y enfocada en el logro del objetivo contrastaba con las habilidades que poseía la otra cordada que, al tener dos integrantes físicamente menos preparados, necesitaban de un liderazgo más blando y comprensivo, razón por la cual Gonzalo y Sergio serían fundamentales para levantar a la Pauli o Juanito en caso de que lo requiriesen.

El paso por el glaciar mostró problemas esperables en la cordada de Gonzalo, problemas con la técnica de marcha y una confusa pelea entre Juanito y su cuerda, sumado a un ritmo abúlico y cansino a través de un Paso Marconi interminable, donde pequeñas grietas nos salían al encuentro para hacernos caer. La caminata al refugio, que en ese momento a penas se veía, era un parto interminable y los problemas no se hicieron esperar. El no haber desayunado apropiadamente me terminó por pasar la cuenta, las raciones de marcha jamás pudieron llenar el barril sin fondo en el que se convirtió mi estómago, la falta de alimento pudo mermar mi ánimo y rendimiento, simplemente el cuerpo no me daba en un momento en el que el refugio se divisaba radiante en la inmensidad de un hermoso y gélido atardecer.

Los ánimos ya no eran los mejores, Juanito y su cuerda comenzaron a entablar una disputa sin sentido que le daría la victoria a ese inerte, ondulante y vital ente. Gonzalo por su parte, veía mermado su rendimiento no solo por disminuir su habitual ritmo a un 50% de la velocidad, sino que además venía tirando el peso inerte de sus complicados y agotados acompañantes. En mi vida creo haber visto a Gonzalo dos veces perder la paciencia y enchucharse, la primera fue cuando cancelé una ascensión al Leonera por tener un mal pronóstico meteorológico, finalmente la tormenta anunciada nunca llegó y me tuve que tragar su airado descargo. Hoy es diferente, hoy mi hermano completamente compungido me dice: “No puedo más weón, me tienen chato, diles algo por fa si no los voy a agarrar a chuchadas”. Fijo la vista en Juanito y veo que viene caminando mal, tambaleando y perdiendo su cruzada con la cuerda, ante mi mirada de desaprobación y rabia me dice: “¿Es realmente necesario andar con esta wea (la cuerda)?”, y obvio, lo agarré a chuchadas por tan infantil e ignorante comentario. No sé qué me afectó más en ese momento, si el comentario absurdo que me había hecho mi amigo o el estado en el que se encontraba mi otro amigo, Gonzalo, que después de haber hecho un esfuerzo encomiable, no recibía la consideración de sus propios compañeros de cordada. Este hecho en particular cambia la forma en la que me relaciono con los demás, la paciencia se me agotó al ver lo negligente y peligrosa de la situación, sin entrenamiento y sin cordura desafiando a los elementos en una expedición sin precedentes en nuestras miserables y principiantes existencias. Gonzalo no se merecía eso.

A mi abatimiento actual se me sumó mi intolerancia a la falta de rigor y de disciplina, a eso le ponemos dos cucharaditas de mi carácter de mierda, lo sazonamos con los seis meses en donde nuestros amigos no levantaron el culo de la silla para entrenar y el resultado es una bomba de tiempo llena de indignación y desilusión con los minutos contados. Ver a Gonzalo perder la paciencia me indignó en lo más íntimo, probablemente él con su bondad y empatía sin igual haya restado importancia a este hecho puntual, yo no puedo. En ese momento Gonza nos pidió encarecidamente que lo acompañáramos en su viacrucis patagónico, que no nos fuéramos más rápido, que no nos escapáramos y no fuimos capaces, y me odié por eso, no fuimos capaces de ir al ritmo de su cordada, cada paso de ellos significaba para nosotros congelarnos hasta la médula, no pudimos y fin de la historia. En aquel momento, donde las fuerzas se desvanecían no solo cargábamos nuestras pesadas mochilas, cargábamos el peso de nuestros fantasmas y cargábamos el peso de haber decidido hacer esta aventura con todos, con nuestros temores danzando en la brisa, enquistados en lo profundo de una preparación que no fue adecuada ni tomada en serio, me siento nada, no somos nada.

He llegado al refugio sin pena ni gloria cargando al fantasma de la fatiga y avergonzado por no haber sido capaz de esperar a Gonzalo. El refugio está empotrado en territorio chileno, es un búnker de metal acondicionado con lo necesario para permanecer largas jornadas de mal clima, ocho camarotes completan el dormitorio, camarotes que dicho sea de paso sólo constaban de unos palos clavados y una espuma rectangular como colchón, el lugar apenas deja filtrar la luz del exterior dejando al dormitorio con un aire un tanto lúgubre. No estamos solos en el refugio, al llegar nos encontramos con una expedición de cinco personas que se dirigían a ascender el Gorra Blanca, de esos cinco montañistas, dos eran guías de la zona, los demás al parecer eran alemanes, un tipo y dos mujeres, de hecho una de ellas tenía voz de dibujo animado y se paseaba con calzas muy apretadas mostrando su dichoso culo strech, ante una manada de buitres que hacían un esfuerzo desesperado para encontrarse su virilidad entre tanto frío.

Tras compartir una amena charla con los presentes y comer una buena dosis de liofilizada, nos fuimos a la cama, no sin antes enterarnos de que comprar un terreno en El Chaltén sale cerca de 25 palos y que dormir con las plantillas de las botas bajo la ropa es una extraordinaria idea.

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Capítulo 8; ¿Un invitado más?.

8 de Febrero 2014

Día de Expedición Nº6 / Refugio Gorra Blanca – Circo de los Altares

Campo de Hielo Sur, Chile.

Son las 6:00hrs, soy el primero en pie de nuestro equipo ya que los guías “che” se levantaron más temprano para evaluar su ataque al cerro. Soy el primer afortunado en ver la belleza y la inmensidad de Campo de Hielo al amanecer, a lo lejos veo recortados sobre el alba al Cerro Torre, El Fitz Roy, el Egger…todos con una hermosura que no tardé en retratar con mi cámara, este es el lugar donde debo estar, contemplando la inmensidad y la belleza de un lugar tan peligroso y es que Campo de Hielo te atrapa, al menos así pasó conmigo que experimenté nuevamente ese sentido de pertenencia y pequeñez ante tan espectacular entorno, nací para hacer estas estupideces, nací para ser un animal de viajes y cerros, de cerros y viajes… Al rato se me sumó Gonzalo y le grito “para esto vinimos acá weón, arriba!!!”.

Y para allá fuimos, a ese laberinto blanco ilimitado ante nuestros humildes ojos, vasto y extraordinariamente bello. La norma dictaba que debíamos reanudar la marcha temprano ya que la nieve aún estaría lo suficientemente dura para progresar con los crampones hasta bien avanzado el día, lamentablemente, una nueva y excesiva demora nos privó del ritmo ligero que esperábamos y terminamos cambiando crampones por raquetas al cabo de una hora y media de marcha, lo que obviamente me irritaba bastante. El tiempo se había mostrado muy benigno con nosotros, había un sol que incluso calentaba a medida que marchábamos, ¿por cuánto tiempo la fortuna estará de nuestro lado?. Encordados fuimos entonces al encuentro del tan esperado “Circo de los Altares”. Ignoro en qué medida uno puede manejar la disciplina y el rigor en la montaña, creo que simplemente la tienes o no y puta que hizo falta esa disciplina acá, ¿es que acaso esas palabras sólo tienen significado para mí?. Indudablemente Juanito y Pauli desde ayer fueron una preocupación constante en mi cabeza, minimizaron los riesgos tanto manifiestos como latentes de una expedición como ninguna otra que hayamos emprendido. Demorarse es su naturaleza, no puedo competir contra ello y me genera un conflicto no menor, Juanito es uno de mis más queridos amigos. La responsabilidad y la lucidez en el cerro es primordial y para ello cada uno de sus componentes deben estar aceitadísimos para conseguir los logros en conjunto, como equipo. Ver a Juanito y Pauli caminar me hizo cuestionarme el no haber sido más enérgico en la preparación, en advertirles majaderamente de los riesgos y de su actual estado físico y dudé, dudé en mi capacidad de liderazgo, de motivación e incluso credibilidad, liderazgo que por cierto asumí con mucho cariño y alegría pero que en realidad nunca deseé, se supone que era un invitado más.

El avance se hace por un terreno relativamente plano, acuñamos el término “plano abajo” para referirnos a nuestro tránsito por este sector del campo de hielo. Esta vez sí pudimos acompañar a nuestro querido Gonzalo durante la marcha brindando ánimo y jodiéndolo bastante. Hemos bautizado a su cordada como la “Cordada Río de Caca”, por lo lenta de su marcha. Nosotros en cambio éramos los Leones+Invitado especial”. Pato se sumó a la cordada histórica que formo con Karina hace un año más o menos y es que “Los Leones” son pura fuerza y determinación, adolecen de habilidades blandas y somos muy unidos. Pato se enquistó en nuestra dinámica teniendo 0 experiencia en alta montaña pero siendo poseedor de una calidad humana envidiable. Pero Pato no puede ser un León, es un animal muy terrenal y mundano para un tipo como él que, tras ser presentado en sociedad como el pololo de Karina se ganó el cielo, el mar, la tierra y las estrellas, señoras y señores en nuestra cordada hay un DIOS. Por tu amistad, simpatía y proactividad gracias Pato, Mártir del Aguante.

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Delirio Nº1

De la Santa Iglesia del Aguante.

La Santa Iglesia nace como una iniciativa religiosa independiente, para honrar en vida a aquellos hombres notables, próceres aguerridos portadores de una entrega sin igual por el aguante.

El aguante es aquella expresión límite en la que enfrentamos los riesgos más torcidos y retorcidos que nos pone la vida, en el caso de Pato lidiar con el carácter de su amada, en el caso de Gonza lidiar con la lentitud de Juanito y Pauli; y en el caso de Sergio ser el contenedor oficial de la ya mencionada pareja.

Como pastor de la Santa Iglesia del Aguante e hincha de la Gloriosa Universidad de Chile se me es permitida la misión de proclamar, beatificar y santificar a cualquier exponente del aguante y esta expedición conocería a más de uno con el pasar de los días.

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Ir siguiendo una huella hecha por otros expedicionarios nos da algunas licencias durante la caminata, nos acercamos a conversar, a tirar tallas y a acompañar a Gonza (luego Sergio me haría notar mi error, ya que para travesía en glaciar, las medidas de seguridad deben extremarse idiotamente, es menester mantener una distancia apropiada entre cada miembro de la cordada para auxiliar oportunamente a quién pudiera ser víctima de alguna grieta ninja y traicionera). Era el momento indicado para levantar a mi compadre y así se lo hice saber a mi cordada, que accedieron felices a webiar tanto como sea posible y desviar la atención a cualquier tontera negativa que rondara por nuestras cabezas. De cuando en cuando nos deteníamos a esperar a su cordada para acompañarlo en la marcha, por momentos, al mirar atrás apenas divisábamos los lentos pasos de la cordada “Río de Caca” y no pude evitar relacionar aquella imagen con el inicio de “El imperio contraataca” en la cual la base rebelde es atacada por los AT-AT, y ¿cómo lo hacían?, paaaaaasoooo a paaaaaaasoooooooo, como río de caca, según Pato el ritmo de caminata era el símil del ritmo que sostienes cuando acompañas a tu mina al mall, un parto.

Para evitar alejarnos demasiado de la otra cordada pusimos a Karina como punta de lanza en la nuestra, así Pato y yo regularíamos nuestra velocidad al ritmo de Karina y por consiguiente podríamos -eventualmente- acompañar y brindarle más apoyo a Gonza. Aquella medida no prosperó mucho, la marcha de la otra cordada fue disminuyendo más y el buen clima que nos acompañó durante la jornada daba señales de querer cambiar nuestra suerte, abandonaba así su pequeño letargo y comenzaba a lanzarnos alaridos gélidos y furiosos levantando con ellos el agua que residía en la superficie de la nieve que pisábamos. Sucede que en Campo de Hielo la temperatura del hielo es “templado”, se mantiene en un oscilante 0º, por ende en su superficie no es raro empaparse entero a la primera ventolera.

Con poca visibilidad y con las condiciones climáticas mencionadas ya no era posible esperar al otro equipo, nos enfriaríamos rápidamente estando estáticos ya que la temperatura bajó agresivamente y a Karina tampoco le interesó mucho esperar, caminó y caminó como si no hubiera mañana posible, siempre siguiendo las huellas que dejo alguna expedición anterior hasta que de pronto se detuvo asustada: “Andrés, grietas…dale tú, tengo miedo”. Relevo de inmediato y parto tanteando con mi bastón izquierdo la nieve, mientras en el derecho llevaba el piolet. El lugar se veía completamente desolador, tenía la ciega esperanza de llegar al Circo de los Altares con la misma nieve consistente que hemos pisado pero no, nada sería fácil acá y se nos presentó un entramado laberíntico de grietas de todos los tamaños y profundidades. El campo de grietas demostró ser un fiero escollo para nuestra fortaleza mental, hacía mucho frío y el viento levantaba el agua convirtiendo a ésta durante su trayecto en verdaderas agujas que se incrustaban en mi rostro para terminar su existencia reducida a pequeñas partículas en la nieve y dejando un dolor insoportable en mi mejilla derecha. En aquel campo se encontraba apostado el objetivo de la jornada de hoy, el famoso campamento del Circo de los Altares, cruzarlo ante tales condiciones sólo ocasionó estrés y preocupación por la otra cordada que demoró bastante en aparecer.

Tengo dos clásicas formas de comunicar mi estado de concentración a otros, desde tiempos pretéritos tengo dos putos tics, la costumbre de sacar mi lengua y dejarla caer hacia un costado de mi boca y la otra es silbar o hacer sonar mi lengua con el paladar y así iba… emitiendo aquel sonido mientras saltaba una grieta para luego volver a sacar la lengua, saltaba, evadía, silbaba y hacía el sonido. Me acordé de mi última presentación durante el magíster en el ramo de Campañas de Interés Público, me eché al hombro la exposición del tema y después de algunos fallidos intentos para controlar el famoso sonido mis compañeros se acercaron y me pidieron por favor que lo controlara jajaja, “pero si lo uso para concentrarme!!!” y nada… en la exposición final creo que sonó una sola vez desatando la risa de algunos y la indignación de otros… Mierda, Pato acaba de caer a una grieta chica, estamos a punto de salir, ¿estará bien?… y salimos no más, empapados y con mis pies nadando dentro de mis botas, tengo mucho frío, demasiado frío. Veo a la cordada de Gonzalo que sensatamente se va por el camino que he abierto por las grietas y no tardan en llegar a nuestra posición.

Estábamos ante el día que más miseria dejó en lo que llevamos de recorrido. En mi cabeza sólo sentía la necesidad de encontrar refugio para todos, el gps nos daba una ubicación completamente inverosímil para establecer un campamento, era un lugar azotado por fuerte viento cruzado y que en